Profesores


De todas las tareas a las que uno puede dedicarse en esta vida, seguro que la de enseñar a los demás está entre las más gratificantes. No puedo ponerme en la piel de quien a tan noble oficio se dedica, pero sí en la de quien guarda una deuda de gratitud con las personas que lo formaron. Es difícil no empatizar con un colectivo que dedica al futuro de los demás cada minuto de su trabajo en el centro y muchos de sus desvelos fuera. Sin ellos, la savia no fluye y el árbol no crece. Por eso, y por otras cosas que aquí no vienen a cuento, desconciertan algunas interpretaciones que ponen a los docentes en el centro de todo lo que está pasando en torno al inicio de un curso escolar de gestión errática y desenlace incierto. En este ámbito, como en otros muchos, pasó lo que pasó. La asignatura quedó sin resolver en junio y julio, cuando los colegios llevaban más de tres meses cerrados y era obvio que en septiembre no podrían abrir con los mismos protocolos con los que funcionaban en febrero. No se hizo, y la bola siguió rodando cuesta abajo hasta arrollar ahora a toda la comunidad escolar. A los centros, que carecían de instrucciones a las que atenerse e ignoraban las vacantes que tendrían y los refuerzos que recibirían para cubrirlas. A las familias, que desconocían, no ya cómo se organizaría la docencia de sus hijos, sino incluso si habría actividades extraescolares, la verdadera bomba de la conciliación. Y a las administraciones, volcadas en su gusto por apuntarse aciertos y sacudirse pifias. Sus decisiones están siendo la metáfora del desconcierto general. Los profesores nos enseñaron que no hay suspenso que no pueda levantarse. Sin alardes. Con trabajo.

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