La lección de India


La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados según la forma en que tratan a sus animales, dijo Gandhi. Si aplicamos esta máxima a la realidad que nos es más cercana, el acto reflejo no puede ser otro que llevarnos las manos a la cabeza, o, como el avestruz, esconderla en un agujero y no levantarla hasta que anochezca. Y ni aún así, como sociedad podremos escapar al merecido reflejo del retrato de Dorian Grey.

Apenas pasa un día sin que abunden las historias sobre maltrato animal, abandonos, negligencias y desinterés por el cuidado de seres a los que siglos de evolución convirtió en nuestras mascotas, mientras que a los humanos nos dejó sin la necesaria sensibilidad para estar a su altura.

Por mucho que colectivos como la Asociación Protectora Animais do Camiño, Apaca, organice este fin de semana en Santiago una feria de adopción de animales abandonados en la que para muchos es la ruta más espiritual de Europa, hay realidades que nos demuestran que, en lo que se refiere al respeto y al cumplimiento de la ley de protección animal, nos queda un camino tan largo como la suma de todas las rutas jacobeas, el camino inca y el sendero de los Apalaches.

Hace una semana, un alma anónima que fue la excepción a esta norma auxilió y le dio el nombre de India a una perra atropellada en O Pino. La pobre no podía morirse en la intimidad, porque tenía la columna rota y durante horas experimentó lo que significa la indiferencia con la que demasiados miran a un ser que jamás merecerán. Lo dramático es que dudo de que alguien aprendiese la lección de India.

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