Impuestos de refresco

Serafín Lorenzo A PIE DE OBRA

SANTIAGO

06 may 2017 . Actualizado a las 14:27 h.

No es ninguna panacea, pero ayuda. Preservar un cierto grado de ingenuidad contribuye a sobrellevar sufrimientos cotidianos y a transitar con menos angustia por este valle de lágrimas. Una mirada pueril sobre las grandes decisiones políticas, por ejemplo, le permitirá aplaudir medidas como la aplicación de nuevos impuestos. Con esa reserva de bisoñez comulgará a pies juntillas con la tesis de que el Gobierno catalán grava el consumo de refrescos azucarados pensando en cuidar la salud del pobre consumidor que tendrá que desembolsar cuatro céntimos más por la lata de su cola preferida. ¿Cree acaso que el sablazo le coge lejos? Perfecto. Disfruta usted de ese grado de reconfortante ingenuidad. Porque esa bofetada impositiva persigue una causa tan justa que otras comunidades no tardarán en adoptarla.

Esta fórmula adquiere su grado más excelso con el tabaco. El hecho irrefutable de que es nocivo para la salud, y mucho, justifica que un cigarrillo lleve más carga fiscal que nicotina. El palo para el consumidor es doble. No solo expone su vida, también es sangrado a impuestos, por no hablar del impacto psicológico de esas imágenes explícitas que decoran las cajetillas.

Hay otros rejones tributarios que, en lugar de tener como coartada una vida saludable, se amparan directamente en la financiación de la sanidad. Ahí está el llamado céntimo sanitario, que explica por qué repostar en Galicia es más caro que en otras (cada vez menos) comunidades. Pagamos más, pero en beneficio de todos. Obviamente, las decisiones sobre el IVA cultural no siguen la misma lógica.