Con las cartas de la fe en la mano

M.G. Reigosa

SANTIAGO

Fe y milagro son dos conceptos que acompañan la historia del Obradoiro Club Amigos Baloncesto. Esa manera de creer y de no resignarse le ha valido para desafiar la lógica en más de una ocasión y, en unión del trabajo, le ha servido para llegar a las últimas cinco jornadas de la ACB dependiendo de sí mismo.

La fe, y el trabajo, obraron el milagro de la vuelta a la ACB después de veinte años de paciente lucha judicial; y el de poner en marcha en apenas tres meses un proyecto para competir en la élite, partiendo desde cero; y el de lograr el retorno a la cima al primer intento; y el de ir cumpliendo con las nóminas en un contexto económico tan adverso.

Pero parece como si el Obradoiro se sintiese más cómodo en las partidas de cartas en las que no lleva juego que cuando tiene bazas en la mano, quizás porque a su alrededor suele haber una atmósfera un tanto ciclotímica, una tendencia a vivir en el cielo o en el suelo, sin término medio.

Hace quince días la permanencia se daba casi por hecha. Pero dos victorias del Murcia y otras dos del Estudiantes han virado la perspectiva. Tras el primer partido de la segunda vuelta, pocos apostaban un euro por el Obradoiro. En aquel momento, cualquiera hubiese firmado por llegar al duelo de hoy en la situación actual. Probablemente incluso en peores condiciones.

La realidad es la que es. El colectivo de Moncho Fernández, con las cartas que tiene, puede ganar la partida. Es cuestión de no perder la fe. El trabajo está garantizado. Y no depende de un milagro. Si acaso, y puestos a interpelar a la divinidad, uno pediría un pequeña intervención, que no debería ser tal: que Ebi Ere consiga mostrar su potencial. Hasta en eso el Obradoiro es singular, porque es un jugador para marcar diferencias y no termina de encontrar el molde.

Por no enredar demasiado: la situación es parecida a la del pasado curso en la antesala de los play off. Y ahí el equipo interpretó la mejor versión de su baloncesto cuántico. Esa es la línea.