«Como piedra en montón»

? Fernando Salgado

SANTIAGO

? La Voz de Galicia da la alarma en 1890. En un editorial publicado el 20 de agosto, bajo el título «Castillos en venta», el diario destapa la pretensión del duque de Alba de malvender sus fortalezas y palacios gallegos «como piedra en montón», por considerarlos «improductivos para la renta». La campaña mediática surte efecto y la casa ducal rectifica. Años después, cuando los Alba inician la sistemática liquidación de su patrimonio rústico, excluyen expresamente la demolición de los inmuebles históricos.

17 jul 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Las intenciones de la casa de Alba se venían incubando desde tiempo atrás. El afán por desprenderse del patrimonio monumental que, a diferencia de las tierras aforadas, acarrea gastos y no genera rentas, se percibe ya en las primeras décadas del siglo XIX. El decimocuarto duque, Carlos Miguel, ordena en 1821 a su apoderado general «el derribo y venta de materiales y solares de los diferentes castillos existentes» en sus estados. Lo hace por «la inutilidad de aquellos edificios» y porque considera «incompatible su existencia con las ideas liberales» que profesa.

El decimoquinto duque, Jacobo, incluye en 1845 el castillo de Pambre entre las tierras que afora al campesino Manuel Moreiras por un canon de 50 reales de vellón al año. La fortaleza, señala el noble, «no tiene más que sus fuertes paredes sin techo ni piso» y «no puede ser de utilidad a nadie (prescindiendo de su recuerdo histórico tan lisonjero para mi casa...) sino al colono que tuviese las tierras anejas a la misma».

En un inventario de la casa de Alba, en 1870, se dice que al castillo de Castro Caldelas no se le puede «asignar ni con mucho el valor que representa», al haber perdido «la necesidad e importancia que debió tener en el momento de su ejecución». Y la fortaleza de Vilalba, pese a ser «un monumento digno de aprecio», se valora en 1.750 reales «atendiendo solo a los materiales para obrar».

«MANOS MUERTAS»

En 1890, el decimosexto duque, Carlos María, se propone subastar la piedra de los castillos de Moeche y Vilalba, la torre de Andrade y el palacio de Pontedeume. La Voz de Galicia estalla: «¡Allá van los últimos restos del poder señorial derribados en tierra, allí donde se mostraban no hace mucho tiempo más erguidos y soberbios!». «Al fin -continúa el periódico de Fernández Latorre-, las manos de los mayordomos del Duque de Alba son manos muertas para Galicia». Es decir, meros recaudadores de rentas de la tierra.

El diario gallego aplaude la venta de los ruinosos castillos, al tiempo que arremete contra su demolición y saldo «como piedra en montón». Sostiene que, entre las «aristocracias modernas del talento, de la banca, de la industria o de la política», habrá compradores acaudalados que puedan garantizar su restauración y conservación.

La réplica no se hace esperar. El periódico La Época ejerce de portavoz oficioso de la casa de Alba. En su edición del 3 de octubre de 1890, el diario madrileño trata de amortiguar el impacto de una noticia que «corrió con la velocidad del rayo» y «causó un disgusto profundo». Culpa del deterioro y abandono del patrimonio histórico al «salvajismo destructor que se apoderó de los espíritus fanatizados por las sugestiones de la revolución a principios de este siglo». En esa tesitura, añade, «las clases nobles, confundidas con el montón anónimo de la turba plebeya, tuvieron que abandonar, dividir, mal vender o dejar que se arruinasen los feudos y los castillos que guardaban la prez de sus timbres y los anales ilustres familiares, la cuna de cien generaciones y los sepulcros de pasadas grandezas, obscurecidas por los olvidos humanos».

Asegura La Época que «las alarmas de La Voz de Galicia» no están justificadas, ya que «en los estados de Alba hay en la actualidad un genio protector de las antiguas grandezas de la casa, que hace cuantos esfuerzos puede por restaurar en todo el preclaro prestigio de sus heráldicos blasones». Esa «joya de nuestra sociedad aristocrática», la duquesa consorte María del Rosario Falcó y Osorio, no solo quiere impedir la demolición de los castillos, sino que se propone «vivificar las antiguas residencias señoriales de su casa para disfrutar, dentro de las fronteras patrias, las temporadas que la elegancia sin blasones tiene que buscar en playas ajenas».

Desconozco cuánto pudo haber influido el genio protector, pero lo cierto es que, a raíz de la polémica, la casa de Alba cambia de tocata. En 1904, en la relación de bienes que hereda el decimoséptimo duque, cada uno de los palacios y castillos lleva una anotación al margen: «Excluido para la venta». Y todavía en 1912, el palacio de Liria reitera a su administrador en Pontedeume: «Todo lo que sean castillos, no se vende ni ahora ni nunca, porque tienen carácter histórico».

LA VENTA DE PAMBRE

Algunas ventas sí hubo. El castillo de Pambre, las tierras de su entorno «y 600 ferrados de renta» son vendidos en 1895 a un comerciante de Palas de Rei, José Soto, quien pagó por los bienes 27.000 pesetas. La familia Moreiras, que sigue detentando el dominio útil de la propiedad, entabla acción de retracto y el pleito es fallado a su favor. Ya propietarios de pleno derecho, Andrés y José Moreiras Blanco pretenden, como antaño los Alba, derribar la fortaleza. En 1902, la revista Galicia Histórica pone el grito en el cielo: «Es increíble que, en un país que se precia de culto, se consienta destrucción semejante». Una vez más, la prensa evita el expolio.

Otros emblemáticos monumentos tuvieron menos suerte. Como el palacio de los Andrade, en Pontedeume, vendido al ayuntamiento y posteriormente demolido para ampliar una plaza. O el de la torre de Fente, en Monterroso, de la que apenas queda un puñado de escombro. Pero una parte de los castillos de la casa de Alba lograron eludir la piqueta y mantenerse en pie hasta el siglo XXI.

El castillo de Pambre, en Palas de Rei, resistió los embates de los Irmandiños y los intentos de convertirlo en «piedra del montón». A la izquierda, la duquesa María del Rosario Falcó y Osorio, retratada por Madrazo | vítor mejuto