Una Refrey en el Chad

? Lo cuenta José Carlos García Fajardo en «Encenderé un fuego para ti», relato de su viaje al corazón de África: «Cuando Ahmed se metió con los bordados de toda la pechera yo me senté a su lado como pude, con las piernas recogidas, obviamente descalzo como estábamos todos, y miraba sin pestañear las evoluciones de aquella máquina Refrey que había llegado desde Vigo. Ya lo maravilloso es que hubiera sido sobre un camello en una caravana que pasara por Sijilmasa y que le hubiera llevado sus buenos setenta y tres días».


Aquella máquina «made in Galicia», descubierta por el escritor en una sastrería de N?Djamena, la capital del Chad, permitía «sustituir con su rapidez y perfección el trabajo de un hombre durante una semana si hubiera tenido que hacer todo aquel bordado a mano». Años antes de que la Refrey llegase al Chad a lomos de camello, miles de mujeres remendaban las miserias de la posguerra española con máquinas de la misma marca. Era, a decir de la publicidad de la época, especialmente intensa al aproximarse el Día de la Madre, «el obsequio que más ilusiona a la mujer de hogar».

La historia de la Refrey arranca en junio de 1943 cuando Construcciones Navales P. Freire, el astillero vigués que había fundado Paulino Freire en 1895, obtiene la patente 161.097 para fabricar «una máquina de coser universal y en ziz-zag, de gran velocidad con lanzadera rotativa». Al año siguiente, el prototipo de la máquina se exhibe en la Exposición Industrial de Galicia, inaugurada por Franco con gran pompa, y en 1949 salen de la factoría enclavada en Bouzas las primeras unidades.

LA PREHISTORIA

Pero toda historia tiene su prehistoria, y ésta nos remonta a las últimas décadas del siglo XIX. Las primeras firmas de máquinas de coser que por entonces inician la conquista del mercado español son la estadounidense Singer y la alemana Wertheim. La compañía de Isaac Merrit Singer y Edward S. Clark, fundada en 1851, pionera de las ventas a plazos, se está transformando aceleradamente en un imperio. Y la firma de Jos Wertheim, fundada en Fránfort en 1860, crea una filial en Barcelona que, más tarde, dará lugar a La Rápida.

La posguerra española se les traganta a los dos gigantes de la maquinaria textil. La Wertheim sucumbe en la segunda guerra mundial y la Singer, que pronto controlará la mitad del mercado mundial, se estrella contra los sólidos muros de la España autárquica. En ese mercado cautivo de los años cuarenta, protegido por elevados aranceles y la barrera del impuesto de compensación de gravámenes interiores, suena la hora de la industria nacional. Dos empresas guipuzcoanas se lanzan a llenar el hueco. Alfa, una vieja cooperativa de Éibar que nació como fabricante de armas -entre otras, los míticos revólveres Smith Wesson-, purgada en la guerra civil, resurge de sus cenizas, ahora como sociedad anónima. A pocos kilómetros, en Elgóibar, Estarta y Ecenarro inicia la producción de máquinas de coser bajo la marca Sigma.

A los vascos solo les planta cara la marca Refrey, cuyas dos sílabas invertidas delatan la identidad de su creador: Freire, uno de los principales constructores de buques de la ría de Vigo. La inesperada competencia no agrada en la sede de Alfa y su gerente, Fernando Mendoza, advierte al director general de Industria de que solo su fábrica «está en disposición de llegar a producir 50.000 máquinas anuales que los organismos oficiales cifran como necesidades del mercado nacional».

LA EXPANSIÓN

Los cálculos oficiales pecaban de pesimistas. Había espacio, ampliado por una demanda interna creciente, para las tres empresas. A mediados de los sesenta, España producía 300.000 máquinas de coser, era el tercer fabricante europeo tras Italia y Alemania y aún le sobraba capacidad instalada para fabricar cien mil unidades más. En un lustro a partir de 1967, las ventas exteriores, subvencionadas mediante la desgravación fiscal a la exportación, se triplicaron con creces: de menos de 30.000 a más de 90.000 máquinas exportadas.

En ese marco expansivo, Refrey se conforma con una reducida cuota en el mercado de máquinas de coser domésticas -un 5% aproximadamente-, pero lidera la producción de máquinas para uso industrial: de cada diez unidades fabricadas en España, seis salen de la factoría de Bouzas. Industrias P. Freire, que inició su andadura con doscientos trabajadores, cuenta a esas alturas con quinientas personas en plantilla.

EL DECLIVE

A mediados de los setenta se inicia el declive de esta rama productiva. Mengua la demanda doméstica, arrecia la crisis industrial desatada por el shock del petróleo, el sector pierde las muletas proteccionistas, surgen los conflictos laborales. La Administración considera insostenible mantener cuatro fábricas -las tres citadas más La Rápida catalana- y 3.300 operarios «para producir solo 190.000 máquinas de coser» y en una situación «de enorme competencia en el mercado exterior».

La familia Freire se desprende de esa actividad en 1992. Los trabajadores toman las riendas y, bajo la razón social de Marcofrey, resisten el temporal, ahora en la nueva planta de Mos, hasta los primeros años de este siglo.

Desapareció la fábrica, pero muchas de aquellas máquinas fabricadas en Vigo siguen dando puntadas en apartados rincones de cuatro continentes. Como aquella vieja Refrey con la que Ahmed bordaba la galabeia -túnica- y el gorro de García Fajardo en una recóndita sastrería del Chad.

Las máquinas de coser Refrey, al igual que sus competidoras Alfa y Sigma, marcaron una época | archivo

Las máquinas de coser Refrey, al igual que sus competidoras Alfa y Sigma, marcaron una época | archivo

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

Una Refrey en el Chad