Obsolescencia programada

La Voz

SANTIAGO

Una de las cosas que más fastidian en la sociedad moderna es lo poco que duran esas máquinas que nos ayudan a llevar una vida más cómoda. Y no es porque los fabricantes sean ahora más burros, sino que son más listos. Si los aparatos durasen decenios, las marcas venderían menos. La moda, la pasión por llevar «lo que se lleva» también les ayuda, pero por si la vanidad no bastara, los fabricantes aplican lo que se llama obsolescencia programada, consistente en que esta pieza o aquel mecanismo, en lugar de hacerlo de bronce, lo fabrican de plástico y la resistencia no es la misma. Resultado: nuestras máquinas duran, como mucho, cinco años.

Y entonces, ¿qué hacemos? Pues tirar lo viejo y comprar otro nuevo. Con los coches todavía acudimos a los talleres, pero para casi todo el resto de nuestras prótesis domésticas ya no hay reparación posible. Millones de toneladas de basura tecnológica sobrante y muerta se exportan cada año a países como Nigeria y la India, donde se recicla, a base de rascar con las uñas negras, hasta que recupera el grado de materia prima.

Otra de las cosas fastidiosas de esta sociedad de consumo es la incoherencia. Si la obsolescencia programada es una técnica universal en la industria, ¿por qué no se aplica a las relaciones sociales y políticas? A todos estos Pinochet, Mubarak, Baltares y Lendoiros, a estos que no se despegan de la poltrona ni con agua hirviendo, insensibles a la ruina de sus administrados y al paso de los calendarios, ¿no se les podría aplicar un poco de obsolescencia programada? Y si aún no podemos incluirlos en esta planificación industrial, consigamos al menos que la OMS reclame sus cuerpos para la ciencia. Seguro que contienen antioxidantes capaces de revolucionar la medicina geriátrica y el negocio de los pegamentos.