El Sar que huele mal en Europa

El saneamiento de la ciudad, que empezó con un «secuestro», sigue pendiente de una depuradora encallada entre discordias


santiago|

La nueva depuradora de Silvouta es uno de los grandes proyectos compostelanos que más se hace de rogar. De haberse construido en su momento, Santiago sería a estas alturas para la Unión Europea un espejo del alma universal y no de la porquería fluvial, junto a más de una treintena de ciudades españolas. Y esta vez no hay que reprocharle nada a la UE, porque a la planta de Compostela le sobra el calificativo de depuradora. En todo caso es una semidepuradora que vierte al Sar sin tratar parte de la fluyente carga que llega a sus entrañas.

Desde hace más de una década la ampliación o edificación de unas nuevas instalaciones ha sido un sonsonete habitual en los despachos de Raxoi, San Caetano y Nuevos Ministerios, y los plazos no dejaron de entrar en sacos rotos. Leamos, por ejemplo, un titular del 1 de marzo del 2004: «El gobierno sitúa en el 2005 el inicio de las obras de la depuradora». Hay más dechados de previsión administrativa, pero pongámolos compasivamente como ilegibles, en papel mojado.

La estación de Silvouta es el último eslabón importante de la cadena de saneamiento que inició la secretaria de Estado Cristina Narbona, aunque hubo que lancearla cuando se pasó de remolona. Puede resultar ilustrativo relatar el desconocido lance. Narbona había expresado alegremente su compromiso de dotar de un saneamiento integral a Santiago, pero la prédica no daba sus frutos. El transcurso del tiempo parecía diluir la promesa y un día el alcalde Xerardo Estévez pegó un puñetazo sobre el tapete. Sin más contemplaciones, llamó a Pedro Antonio Fernández y a Luis Pasín: «Mañá por la mañá collemos o avión para Madrid». Sin cita ni qué ocho cuartos, los tres se presentaron en el Ministerio de Medio Ambiente. Aunque un enlace les avisó de la puerta por la que iba a salir Narbona, tomaron precauciones y vigilaron los distintos accesos.

Cristina salió por la puerta anunciada y se topó de frente con Pasín, Fernández y Estévez, que no llevaban pasamontañas pero condujeron a la secretaria de Estado a una salita próxima. El regidor le extendió un papel: «Fírmame esto, por favor». Si alguien reparase en la escena la confundiría con un secuestro. Narbona estampó su rúbrica. El papel hacía mención a varios grandes colectores por importe de dos mil millones de pesetas. La propia Cristina vino a Raxoi a ratificar el convenio.

Pero cambió el signo político y cierto día la ministra Isabel Tocino Biscarolasaga se presentó en Compostela en julio de 1997. A gritos de «guapa», «guapa» ojeó el futuro cauce de los colectores y se fue. «Veu de miranda», comentó Encarna Otero. Lo dijo con sorna y acertó de lleno. Por un lamentable error, Tocino enterró los proyectos en vez de los tubos. Nada volvió a saberse de ellos hasta que los desempolvó una década después ¿saben quién? Pues Cristina Narbona, ya con rango de ministra. Volvió a poner los diseños sobre la mesa y agregó al paquete la depuradora de Silvouta.

Mientras los colectores reactivados siguieron un ritmo pasable, la nueva planta de Silvouta quedó enganchada a una locomotora de vapor con demasiadas fallas y un trayecto interminable. A ese ritmo llegará con creces a la nueva estación del AVE. Conde Roa puso el grito en el cielo, el alcalde urgió a Madrid a actuar y a la Xunta le faltó tiempo para apearse de cualquier compromiso económico. Un pequeño gesto, pese a todo, confortaría el espíritu de los 150.000 parroquianos del Sar. Xosé Cuiña visitó en el 2000 al ministro de Medio Ambiente para que apadrinase el proyecto y unos meses después recorrió las instalaciones de Silvouta. El padrino, Jaume Matas, no le regaló nada a su ahijado ni por su 20º cumpleaños, aunque le concedió un lánguido retiro en el Plan Hidrológico. Medio moribundo, el proyecto fue rescatado por Narbona, pero su convalecencia ya dura demasiado. Y los escalos nadan obesos con tantos bufés de porquería.

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