Pasado glorioso, presente penoso

Los vecinos de A Sionlla recuerdan que el mismísimo Franco pasó por delante de su estación cuando se inauguró la línea; hoy, las vacas pastan mansas en aquel lugar


La estación de A Sionlla se cae de vieja. La familia de Carmen Pazos le paga un alquiler a Adif y, a cambio, «a Renfe» le deja guardar en su interior maquinaria agrícola y trastos. «Ata lle roubaron as escaleiras, as paredes están moi mal, calquera día cae», dice Carmen, que añora también los tiempos en los que en A Sionlla se trajinaba con carga ferroviaria. Carmen y su madre se acuerdan de memoria de los distintos jefes de estación que sirvieron en el pueblo.

Donde hubo tanto trasiego hoy solo quedan dos vacas rubias que pastan mansas. El trazado de la vía se pierde entre la vegetación, hacia Santiago, de un lado, y con dirección a Verdía, del otro. Lástima de presupuesto para poner en marcha un consorcio, participado por los ayuntamientos de Santiago y Oroso y las administraciones interesadas, que consiga recuperar el antiguo trazado ferroviario como vía verde.

La casa de Carmen está en un alto y para ella y para su familia la estación, de estampa más vasca que gallega, es una parte más del lugar, aunque se deteriore a pasos agigantados.

La madre de Carmen cuenta que cuando se abrió la línea, en los años 40, incluso vino Franco a la inauguración. Claro que enseguida aclara que el caudillo no se bajó en A Sionlla, sino que pasó cómodamente sentado en un vagón.

La estación de A Sionlla fue básicamente, según los vecinos, un centro de intercambio de mercancías. Tuvo épocas mejores y peores hasta que, finalmente, dejó de tener interés logístico y estratégico. «Aquí cargaban un pouco de todo, verdura, leite, madeira...», cuenta Carmen que dice también que, nostalgia aparte, «agora estamos moi ben así, moi tranquiliños». Y añade que, en la decadencia de la estación, desde el ostentoso edificio que un día fue a lo que hoy queda, tuvieron algo que ver algunos empleados, que no tenían mayor interés: «Xa a penas se molestaban en despachar billete, ao primeiro non era así».

En el inmueble llegaron a vivir tanto los diferentes jefes de estación como los guardaagujas que fueron sucediéndose en el control de la vía. En casa de Carmen se acuerdan incluso de los nombres y los apellidos de algunos. Y, así, salen a relucir personas como Fermín Arines del Campo, Luis Cabaleiro o Manuel Ubeira -uno de los últimos-; a fin de cuentas, eran vecinos como el resto. Carmen y su madre ubican a la familia Arines hoy en Vilagarcía. «Incluso unha neta deles, que se criou aquí, Marina, veu de visita non hai moito», recuerda esta vecina que cuida de sus vacas en el entorno de la estación.

Decadencia

Lo mismo que otros edificios, similares, cualquier cosa que podía haber de valor en la vieja estación de A Sionlla ha desaparecido. Pero no deja de ser curioso, en el interior, ver todavía la ventanilla de madera en la que se despachaban los billetes; es una especie de salto en el tiempo que lleva uno directamente del progreso y la prosperidad que algún día se asoció a este lugar con el panorama más desolador que uno pueda imaginarse, sin vida, sin luz, lleno de trastos y aperos de labranza.

En Trasmonte, unos kilómetros más allá, la estampa no es mucho mejor. Gente sin escrúpulos ha convertido la antigua plataforma, en la que solo hay balasto, pero ni madera ni mucho menos raíles, en un vertedero incontrolado: se depositan a discreción azulejos, ladrillos, uralitas, bidones, basura... Una pena.

Las puertas del edificio principal están tapiadas y con no mucho esfuerzo sería posible convertir este sitio en un lugar habitable. En Verdía, sin embargo, se percibe algo más de vida. En la fachada hay restos de una canasta de baloncesto y una parte del edificio, casi igual al de Trasmonte, está destinado a centro sociocultural. Pero llama la atención que la parte si uso está hecha un desastre. Detrás de unos cristales rotos se ven los restos de una cocina e incluso una caja fuerte incrustada en la pared. Si algún día llega a materializarse el proyecto de la vía verde, todos estos edificios quizás recuperen parte del esplendor del pasado, aunque jamás la utilidad que tuvieron. Mientras, queda fantasear imaginando que un tren fantasma transporta a Franco en un vagón de ganado, junto a las vacas de Carmen.

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