La ciudad en blanco y negro

SANTIAGO

Muchas de las farolas de Santiago apuntan directamente a los árboles

25 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Vayan en coche por Xoán XXIII a partir de las diez de la noche, hagan la prueba. Si van en dirección al centro, sean precavidos y, en el tramo final, abran bien los ojos y coloquen el pie derecho encima del pedal del freno, dispuestos a pisarlo en cualquier momento. No se ve nada. Como hay un paso de peatones, los viandantes corren un riesgo enorme ya que los conductores solo los ven cuando están encima de ellos.

Si hacen ese recorrido, antes de bajar Xoán XXIII habrán pasado por San Caetano, un mundo de sombras. La acera que está delante de la sede de la Xunta compite tenazmente por ser proclamada la más oscura de la ciudad, o la peor iluminada. El entorno de la casa del presidente de la Xunta, en Monte Pío, le va a la zaga.

En Santiago, las farolas se empeñan en iluminar solo las hojas de los árboles y la luz no llega al suelo. Farolas y los árboles están, en muchos casos, pegados. Esto hace que la electricidad que gastan sea inútil: está pensada para que la gente pueda caminar por la calle sin problemas y sin miedo, pero no llega a la acera, sino que se queda en las alturas.

El campus sur es otra zona candidata a ser la peor iluminada de Compostela. Parece el escenario de una novela negra. Uno camina por la avenida de las Ciencias, entre Farmacia y Física y los pasos retumban, solo se ven sombras que se mueven y la gente vuelve la cabeza cuando anda. Solo hay farolas demasiado altas o demasiado amarillas. Lo mismo sucede en el tramo entre San Lourenzo y el campus, una zona que la gente evita porque supone caminar durante un tramo amplio sin ser capaz ni siquiera de verse las manos. En ese tenebroso entorno está el IES Xelmírez I, donde se imparten clases nocturnas.

En el Ensanche se notan, sobre todo, las diferencias. No tienen nada que ver Xeneral Pardiñas y Santiago de Chile. La primera está bien iluminada. En la segunda reina la penumbra y la falta de nitidez. Hay una luz amarilla que incomoda a los ojos, porque no se ve nada con claridad. El contraste es aun mayor entre la plaza de Vigo y la rúa Nova de Abaixo, gracias a la reforma de esta última.

En el casco histórico la luz es amarilla, que alumbra mucho menos que la blanca, y está distribuida de forma desigual. Así, por ejemplo, en el entorno de la catedral -sobre todo en Acibechería- toda la luz apunta hacia el templo y las calles quedan un poco desoladas.