La opinión de Mauro Silva: El regreso del Dépor a Primera no puede ser solo un regreso
TORRE DE MARATHÓN
Ocho años es una herida. No un número, una herida que ha marcado a una ciudad entera. El ascenso del Deportivo a Primera División no es solo un resultado deportivo, es el cierre de algo que nunca debió abrirse. Hay aficionados del Dépor que nunca han visto a su equipo en la élite. Que han llenado Riazor en Segunda División, en Segunda B, cuando hacerlo no tenía ninguna lógica racional. Solo tenía corazón. Y A Coruña es así.
Para entender lo que este regreso significa hay que haber vivido el otro lado. Yo lo conozco. Pasé 13 años en este club, en esta ciudad, en este estadio. Viví títulos que A Coruña todavía recuerda, y también el silencio de los malos momentos, que pesan más de lo que parece desde fuera. Por eso este momento me genera algo muy distinto a la euforia, me genera responsabilidad. Porque el error más peligroso que puede cometer este club ahora es creer que el trabajo ya está hecho. El ascenso es el permiso de entrada. La permanencia es el verdadero examen.
Lo que sucede en el campo es el reflejo de la gestión
Esta temporada en la que se consigue el ascenso no es una casualidad ni una racha. Es proceso. Es la consecuencia de decisiones correctas tomadas fuera del campo. La pelota no entra por casualidad.
Dije en el 2024, cuando el Dépor ascendió de Primera RFEF a Segunda, que salir del pozo es un logro tan significativo como cualquier título. Lo mantengo. Pero también dije algo que ahora cobra todo su peso: vuelve a ser imprescindible una reflexión profunda sobre el futuro inmediato del club. Esa reflexión es clave y empieza el día después de la celebración.
Dos niveles. Sin los dos, el ascenso es solo algo temporal
Si hay una lección que estos ocho años fuera de Primera dejan escrita en piedra, es esta: no basta con subir. Hay que construir para quedarse. Y construir para quedarse exige actuar en dos niveles simultáneos — lo que se construye en los despachos y lo que se construye en el vestuario. Si falla uno de los dos, el proyecto se cae. Y este club ya sabe demasiado bien lo que cuesta aprender esa lección de nuevo.
En los despachos, el primer desafío se llama mercado de verano. El mercado que viene después de un ascenso es el más difícil — y el más peligroso. La euforia es el peor consejero a la hora de contratar. Los clubes que suben y bajan de inmediato suelen cometer los mismos errores: contratan por urgencia, por presión mediática, por euforia de la afición. Fichajes caros que no encajan, decisiones tomadas sin criterio. Por eso un departamento sólido de análisis e inteligencia de mercado no es un lujo, es una necesidad estructural. Fichar bien no es suerte: es inteligencia. Es identificar el jugador correcto antes de que se vuelva inaccesible, y tener la disciplina de rechazar el incorrecto aunque el ambiente lo exija. Cada contratación debe responder a una pregunta simple: ¿este jugador encaja con la identidad del club?
Y esto incluye también una decisión que siempre es difícil: saber agradecer y homenajear a quienes nos trajeron hasta aquí, y al mismo tiempo tener la honestidad de reconocer quién puede competir en Primera y quién no. Esa conversación hay que tenerla con respeto, con transparencia y sin demora. El cariño no puede ser un obstáculo para la construcción.
El segundo pilar en los despachos es la gestión del cuerpo y de la mente. En Primera División, la diferencia entre consolidarse y luchar contra el descenso muchas veces no está en la calidad del plantel — está en la gestión de las lesiones, en la carga de entrenamiento, en la nutrición, en la salud mental del jugador. Por eso, contar con un área específica de rendimiento y salud —integrada, profesionalizada y con autonomía real dentro del club— no es un lujo. Es una decisión estratégica. El rendimiento no empieza en el entrenamiento: empieza en el descanso, en la recuperación, en cómo el jugador llega al martes después de un partido del domingo. Esto no es accesorio. Es la infraestructura que sostiene todo lo demás.
Y hay un tercer pilar que suele ser el más ignorado, pero que puede ser el más determinante para la sostenibilidad del proyecto: la comunicación. Comunicar bien el proyecto no es márketing —es liderazgo. La afición que entiende hacia dónde va el club aguanta los momentos difíciles. La que no entiende exige resultados inmediatos. Y esa presión, cuando llega —y en Primera siempre llega— destruye proyectos antes de que puedan crecer. Riazor lleno es el activo más poderoso del Deportivo. Pero solo funciona cuando la afición está alineada con el proyecto. El club tiene que hablar con su gente antes de que las cosas salgan mal. La transparencia genera confianza. Y la confianza es lo que llena estadios.
En el vestuario: líderes, modelo y cabeza
La primera clave son los líderes. El entrenador lidera desde el banquillo. Pero el vestuario necesita sus propios líderes, jugadores con experiencia y personalidad que transmitan identidad y exigencia cuando las cosas se ponen difíciles. No me refiero a capitanes de brazalete. Me refiero a hombres que en el minuto 70, con el resultado en contra y el estadio nervioso, transmiten calma y carácter. Eso no se improvisa. Se construye con tiempo y criterio en la contratación.
La segunda clave es el modelo de juego. Un equipo no se construye en los partidos, se construye en los entrenamientos. El modelo de juego tiene que estar tan interiorizado que el jugador lo ejecute sin pensar. Eso es lo que diferencia a un equipo de una suma de individualidades. Los clubes que cambian de idea cada temporada, que traen un entrenador nuevo con un sistema nuevo y una filosofía nueva, nunca crean automatismos ni identidad colectiva. La continuidad metodológica es tan importante como la continuidad de los resultados.
La tercera, y quizás la menos visible, es la gestión emocional. En Primera División, todos los equipos tienen calidad. La diferencia muchas veces está en la cabeza; en cómo el grupo gestiona la presión, las rachas de derrotas, los momentos de crisis. El fútbol moderno exige preparadores mentales, protocolos de gestión del grupo, capacidad de resetear rápido. Eso no es un detalle. Es la diferencia entre quedarse y bajar.
La cantera: un sistema, no una esperanza
Mencioné en el 2024 al Fabril y a Manuel Pablo. Lo vuelvo a mencionar porque es un tema que no admite retórica. Hablar de cantera es fácil. El desafío es medir. ¿Cuántos jugadores formados en casa tienen minutos reales en el primer equipo? Esa pregunta necesita respuesta concreta, no discurso.
La cantera sin un modelo metodológico claro es solo esperanza. Con él, es un sistema. El Deportivo necesita definir cómo quiere que jueguen sus equipos desde las categorías de formación hasta el primer equipo, y que ese modelo tenga continuidad. Cuando un jugador del Fabril sube al primer equipo no debe necesitar tiempo para adaptarse. Debe conocer el modelo de memoria. Eso solo es posible si existe un hilo conductor que conecta todas las categorías. El Villarreal lo ha demostrado durante años. El Athletic lo demuestra cada temporada. No hace falta reinventar nada; hace falta comprometerse.
El techo lo pone la gestión, no el campo
Se hablará mucho en los próximos meses del techo del Deportivo en Primera División. De si puede aspirar a Europa, de si puede volver a ser lo que fue. Yo no quiero hablar de techos, quiero hablar de cimientos. Porque un club que construye bien los cimientos puede sorprender al fútbol español. El límite lo pone la gestión, no el campo.
Tengo confianza en que este Deportivo puede consolidarse. No solo porque soy parte de su historia, sino también porque veo las señales correctas: una temporada consistente, una afición que nunca ha dejado de creer. Esos son los ingredientes. Ahora hace falta el método. Y si el método es correcto, si los seis pilares están en su lugar —tres en los despachos, tres en el vestuario—, este club puede aspirar a mucho más que sobrevivir en Primera. El Deportivo tiene historia, tiene estadio, tiene ciudad. Todo lo que necesita es la estructura que le permita usarlos bien.
A la afición de A Coruña le digo lo que llevo pensando desde que el ascenso se confirmó: que han sido fieles durante ocho años cuando era muy difícil serlo, y que Riazor lleno en Segunda dice más de esta afición que cualquier título. Ahora empieza el trabajo real. El ascenso es el principio, no el objetivo. Y sobre todo: esto no puede volver a pasar.
¡Forza Dépor!