Compostela se queda sin vida interior

Juan María Capeáns Garrido
Juan Capeáns SANTIAGO

SANTIAGO

XOÁN A. SOLER

Reportaje | La falta de vocaciones hace peligrar el futuro de varias congregaciones asentadas desde hace siglos en Santiago El influjo de Santiago Apóstol atrajo a la ciudad a numerosas instituciones religiosas que se asentaron alrededor de la catedral. Hoy viven sumidas en una crisis preocupante

29 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

?ay gente para todo menos para rezar. Dedicar la vida a la oración y a la vida contemplativa ya no atrae a casi nadie en Galicia. Y el problema no afecta a una pequeña aldea apartada de todo. Los conventos que crecieron alrededor de la catedral, los mismos sobre los que giró la vida religiosa y educativa de Compostela en siglos pasados, se quedan irremediablemente vacíos. Cada año que pasa hay menos luces encendidas en los vanos del espectacular muro de San Paio, en A Quintana. Dentro de esa joya arquitectónica viven cuarenta monjas. Son bastantes si se compara con otras congregaciones. Y son unas privilegiadas. El edificio está en buenas condiciones y tiene una vida bastante dinámica. Extramuros, la situación es más alarmante. En Santa Clara, pronto habrá que tomar alguna determinación. Ya sólo quedan 14 religiosas del medio centenar que llegó a acoger el rotundo edificio barroco. Además de rezar, se ocupan de la huerta y cuidan unas de otras. Sólo salen de casa para acudir al médico y en caso de auténtica necesidad. Sor María de los Ángeles, la superiora (sesenta años en la comunidad), recuerda que en los últimos tiempos han fallecido varias hermanas y algunas se fueron a reforzar conventos de otros lares. Ahora, es probable que sea aquí a donde vengan siete monjas que se están quedando solas en Tui. Santiago es una plaza demasiado importante. El caso de las clarisas es extremo, pero sus vecinas de enfrente, las carmelitas, tienen el cartel de completo. La orden fundada por Santa Teresa limita el número de hermanas por convento a 21. Ahora están veinte, porque una de ellas está sirviendo en Roma. En el convento de las madres mercedarias, en cambio, la situación tampoco es buena. Ahora sólo viven allí 15 monjas, y algunas de ellas han ingresado recientemente procedentes de la India o México. «La falta de vocaciones...». Así se lamenta sor Concepción Fernández, superiora de las dominicas. Allí son 33, y buena falta que hacen para cuidar el huerto y la cocina, donde siguen haciendo productos de repostería que después venden a través del torno, de ordinario, el medio de comunicación más efectivo con el exterior. Las superioras no parecen preocupadas por la situación: «Dios cuida de nosotras», dicen. Sin embargo, sor María de los Ángeles aprovecha la conversación y vende el producto con simpleza: «Si conoce usted a alguna chica, dígale que venga, que no va a encontrar otro sitio donde sea más feliz». Ellas lo son. Con su costura, su huerta, sus pinceles, su repostería y, sobre todo, con sus plegarias.