Seguro que no es la primera vez que lo ve. El cuello estirado, la cabeza perfectamente erguida, los hombros en tensión, los labios contraídos, la mirada va alternando entre el frente y abajo. Solo una mano al volante. La otra no se ve, pero está claro que lleva un móvil. Envía mensajes. O lee el periódico. O caza pokémons. Y cree que no se nota.
Seguro que tampoco es la primera vez que lo ve. Conduce hablando. Sabe que no se puede llevar el móvil pegado a la oreja cuando se va al volante, así que lo lleva en la mano, con el altavoz encendido y le habla a dos centímetros de la boca, a modo de micrófono. Porque así no se nota.
Seguro que tampoco en este caso es la primera vez que lo ve. Mira a un lado y a otro, saca una mano del volante, estira el brazo y se concentra brevemente en la pequeña pantalla que porta. Hace clic. Y no, no, no se nota.
Así que, bueno. Es lo que hay. No vamos a moralizar ahora sobre el desastre que supone conducir utilizando el teléfono, los posibles peligros para uno y para los otros y todo eso que ya sabemos todos. Tampoco vamos a tratar de disuadir a nadie con las cifras que dicen que la Guardia Civil pone cada día veinte multas a conductores gallegos por usar el móvil en la carretera. Allá cada cual. Lo único que me pregunto es si alguno de esos conductores que intentan disimular que usan el móvil al volante ha visto a otro tratando de hacer lo mismo. Porque es tan rídiculo...