La madre, desempleada; el padre, vendedor ambulante, y el niño, abriendo perfiles digitales en Internet para convertirse en un youtuber. Así está la sociedad en el siglo XXI, en la que los hijos, antes incluso de la mayoría de edad, tienen unos conocimientos tecnológicos superiores a los de sus progenitores. Nos escandalizamos con casos como el del menor de Torrevieja que acumuló una deuda de 100.000 euros en la plataforma publicitaria AdWords, pero no somos conscientes -o sí, pero nos da igual- de las repercusiones de nuestras acciones en la Red. Pretendemos ignorar que vivimos en una nueva realidad hiperconectada, donde todos nuestros datos viajan a la velocidad de la luz convertidos en bits. Todo lo que publicamos en WhatsApp, las fotos y los vídeos que subimos a esa nube que ahora incluso nos ofrecen gratis, los asistentes personales que escuchan las conversaciones en el hogar camuflados como altavoces... Y esto no ha hecho más que empezar, el Internet de las Cosas llenará la vida diaria de objetos con capacidad de conexión wifi y, por tanto, de trasladar a terceros la valiosa información que recojan.
El peligro no está solo en la filtración de nuestro número de teléfono a gigantes de la publicidad y el comercio de datos como Facebook -¿red social? No seamos ingenuos-, o en el espionaje masivo del correo electrónico por parte de empresas y gobiernos. Un ejemplo: la multinacional Johnson & Johnson acaba de lanzar una alerta a los usuarios de su bomba de insulina Animas OneTouch Ping porque ha encontrado una vulnerabilidad en la comunicación con el mando inalámbrico que permite ajustar las dosis. Un hacker podría modificarlas de manera remota, con las consecuencias que todos imaginamos. «El mundo ha cambiado (...), lo huelo en el aire», decían en el prólogo de LOTR, y algunas personas viven eternamente en la nube.