Vuelven las elecciones y vuelven los tocomochos electorales. El último ha sido el cacareado anuncio de la gratuidad del transporte metropolitano interurbano para los menores de 18 años. El sistema elegido no puede ser más farragoso: el usuario tiene que adelantar el dinero y el importe de los viajes realizados se le devuelve posteriormente, para lo cual no le queda más remedio que acercarse hasta un cajero de una entidad bancaria concreta y un día determinado. Los reembolsos son el 5 y el 20 de cada mes, así que los adolescentes o los niños a partir de 4 años (se supone que sus padres) que quieran aprovecharse tienen que marcar esas fechas en su agenda y desplazarse físicamente hasta una sucursal; si no lo hacen en el plazo de dos meses, pierden la pasta. Para recargar la tarjeta, lo mismo, a puro pinrel hasta un cajero de la entidad colaboradora. ¿Y para solicitarla? Pues hay que pedir cita y acercarse a la oficina bancaria (va quedando claro quién es el auténtico beneficiario de este plan) con el Documento Nacional de Identidad y el libro de familia. Todo esto en la era de Internet y del pago con el móvil, sí, sigue siendo 2016 y no estamos en el Día de los Inocentes. ¿Por qué no se recurre a algo tan simple como mostrar el DNI o pasarlo por un lector (ya que incorpora un chip con toda la información) al subir al autobús para certificar que se es menor de edad y por tanto no tener abonar el trayecto? En Londres, los niños menores de 11 años pueden viajar gratis en todos los medios de transporte público, ya sea en metro, tren, autobús o tranvía, y el único requisito es que vayan acompañados de un adulto en posesión de un billete válido para viajar. Y de los 11 a los 18 tienen tarifas superreducidas con la Oyster Card, que se tramita íntegramente por Internet. ¡Y luego dicen que los ingleses son raros!