El pasado jueves se publicaba en estas páginas que la playa de Silgar en Sanxenxo estaba entre las 15 en las que más se ligaba con el móvil. Tania Taboada acudió al arenal a comprobar si era cierto. Llegó, vio y lo corroboró. Grupos de jóvenes sentados en el playa totalmente concentrados en sus pequeñas pantallas. No eran cazadores de Pokemons. Cazaban corazones ajenos y buscaban una media naranja deslizando el dedo por la pantalla táctil.
¡Fuera burocracia! Enciendes el móvil, le pones unas coordenadas del tipo de persona que buscas, este hace un rastreo en la zona y te da las opciones más cercanas. La aproximación va sobre seguro. O, cuando menos, sobre algo más seguro que el flirteo tradicional. A quien tú buscas también está buscando. Eso elimina todo el rosario de malentendidos y meteduras de patas propias del acercamiento a la antigua usanza.
Los resultados hablan por sí solos. Los chavales aseguran que funciona, que lo usan con frecuencia y que ayuda a superar el miedo escénico. Eso sí, se trata de relaciones efímeras en su mayoría, según comentan. Se trata de algo que invita inevitablemente al «¡ya podía existir esto cuando yo era joven!». Pero también transmite la sensación de que eres un viajero en el tiempo que, de repente, aterriza varias décadas después de su era. Sí, como un filme de ciencia ficción.