Hace dos semanas esta columna trataba la patética realidad de un país, este, que aprovecha la mínima para liarse a golpes -antes garrotes, ahora tuits- con la intención de aniquilar al rival. Los penosos chistes de Guillermo Zapata prendieron la mecha. Uno decía: «Han tenido que cerrar el cementerio de Alcásser para que Irene Villa no vaya a por repuestos».La mentada le quitó hierro al asunto. Pese a ser víctima de ETA, remitió un escrito a la Audiencia Nacional diciendo que no se sentía ofendida. Supuso el archivo de la causa. ¿Quién mejor que la propia víctima para decidir si la habían humillado o no?
Pues no. Uno de los bandos de esa contienda eterna decidió que los sentimientos de Irene Villa carecían de legitimidad. En realidad, pedían que se entregase a la causa del odio y de aplastar al oponente como a un mosquito. Lo hicieron ver a través de Twitter, con mensajes tan ofensivos o más que los de Guillermo Zapata. Pero esta vez sin contexto de chiste posible. Desde «Irene Villa encantada con sus muñones» a «traidora de las víctimas de ETA». Todo mientras el otro bando, que siempre receló de la AVT, acogía a Villa con los brazos abiertos. Ahora sí. Ahora ya sirve para lo suyo. Todo en Twitter, vociferando delante del mundo entero. Todo certificando que este país, en algunas cosas, no tiene remedio.