¿Somos todos unos piratas?

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Primero cayó un mito, SeriesYonkis. Y toda la gente que descargaba contenidos con copyright de Internet en esa web se buscó la vida en otros portales, en otros servicios. Pero no se preocupó.

Hace unos días bajó la reja otra institución del visionado filibustero, SeriesPepito. Y sonaron algunas alarmas. El nivel de alerta subió cuando se derrumbaron otras dos instituciones, Allinmega y Series.ly. Esta última anunció su reconversión en red social y la retirada de los enlaces a series, películas y otros productos culturales por la amenaza de flamante Ley de Propiedad Intelectual, sus multas de 600.000 euros y sus penas de seis años de cárcel. Se montó un drama nacional, se mesaron cabellos, se rasgaron vestiduras... Y cayó otra bomba: el bloqueo de uno de los grandes azotes de la industria cultural: The Pirate Bay.

Ante esta sucesión de acontecimientos, ¿se ha producido una avalancha de suscripciones en servicios legales? Pues no hay noticias. Hay alternativas para ver series sin el corsé de la obsoleta emisión convencional. Pero su oferta es limitada. Sus prestaciones, también. De momento no han seducido a muchos usuarios que aún no están dispuestos a renunciar al mitificado gratis total (beneficia a las compañías de telecomunicaciones) y que no descartan volver a las más opacas redes P2P.

Y es que el mundo ha cambiado. Cada vez menos ciudadanos son espectadores y están pendientes del broadcast, de las emisiones a una hora determinada en un canal específico. Si la gente compra en Amazon, escucha música en Spotify, adquiere videojuegos en Steam... ¿Por qué se refugia para ver series se refugia en páginas que exhiben de forma descarada la bandera de las tibias cruzadas y la calavera? Conviene preguntarse por qué no llegan a España servicios que funcionan tan bien como Netflix. ¿Por la piratería? Tal vez. ¿Por las trabas de la generalmente muy reactiva industria cultural española? Pues también.