La oferta audiovisual en «streaming» no termina de dar el salto para desembarcar en España
08 oct 2013 . Actualizado a las 15:20 h.Implantados ya en los hábitos de consumo de países como Estados Unidos, México, Canadá o el Reino Unido, los servicios de contenidos audiovisuales en streaming se perciben todavía en España como un proyecto de futuro que nunca acaba de llegar. Esta impresión choca con la exitosa acogida que, sin embargo, sí han recibido en nuestro país los programas de música en línea, con Spotify a la cabeza reinando holgadamente sobre el resto del mercado.
Convertido en todo un referente del streaming, Spotify, que ofrece a sus usuarios una muy alimentada biblioteca musical, limitada gratuitamente y de libre acceso a cambio de asequibles desembolsos mensuales, ha popularizado una nueva manera de entender la música. A un lado, el desplome del viejo mundo: la caída de las ventas en formato físico. Al otro, el despertar de nuevos hábitos: a un clic de generosas colecciones discográficas, música en cualquier momento y lugar, e interacción social.
Siguiendo este patrón, el siguiente paso debería ser extender este modelo al universo audiovisual, imitar al resto de países y habituarse a disfrutar de las series, del cine y de los programas de televisión de una forma radicalmente diferente a la que estamos acostumbrados. Mirando al otro lado del océano, España contempla cómo esta nueva práctica planea sobre el horizonte. Netflix, el equivalente cinematográfico al Spotify, con más de mil millones de dólares en ingresos, saluda desde allí, un paso por delante, dándole vueltas a cuándo y cómo instalarse en el mercado español. Todo apuntaba a que el desembarco llegaría a finales del 2011. Encarando ya el tercer trimestre del 2013, la plataforma todavía no ha dado señales de vida.
Ver cuando quiero lo que quiero
Netflix anunciaba en el mes de abril que había superado la barrera de los 29 millones de usuarios en Estados Unidos. La cifra resultaba especialmente reveladora porque con ella el servicio de streaming adelantaba entonces a los 28 millones de fieles del gran referente mundial de contenidos audiovisuales, HBO. La razón de este espectacular y veloz crecimiento radicaba en una inteligente estrategia que la compañía puso en marcha hace unos meses: producir material propio, una ofensiva contra los obstáculos que interponen las productoras a la hora de facilitar de forma rápida contenidos recientes, el principal muro de contención de las plataformas de series y películas. Houste of Cards, la exitosa adaptación estadounidense protagonizada por Kevin Spacey de la miniserie británica de 1990 con el mismo nombre, le dio a Netflix el empujón definitivo. Esta inyección de oxígeno acabó de consolidar un éxito que había comenzado a gestarse cuando la compañía se dio cuenta que lo que realmente querían los consumidores era decidir por sí mismos cuándo veían lo que querían ver. Sin depender de un horario. Ni de una programación rígida. Sin ningún tipo de interrupción publicitaria. Con una numerosa oferta de títulos donde elegir y al razonable precio de 8 dólares al mes. A años luz de las tarifas actuales de la televisión por cable.
A pesar de la que las ventajas ganan por goleada, servicios como Netflix o, el siguiente en la línea sucesoria, Hulu, deben lidiar todavía con al menos dos grandes inconvenientes que frenan su plena expansión. El primero y más difícil de sortear es la ya citada dificultad para conseguir de forma ágil los derechos de reproducción de los contenidos audiovisuales más recientes. Las descargas directas o mediante Torrents ganan esta partida. No es un secreto que, actualmente, el tiempo máximo de espera entre el estreno del último capítulo de la serie de turno y la disponibilidad del enlace para su descarga en Internet no llega ni a una hora. Frente a la inmediatez, Netflix y sucedáneos, esforzándose por ser, si no los primeros, sí los segundos en contar con este material en sus escaparates, solo pueden respaldarse en ofrecer mucha cantidad en altas calidades. El segundo impedimento tiene que ver con la cultura del entretenimiento, con cómo meter la cabeza en los países vírgenes, todavía sin conquistar.
El «paraíso de la piratería»
España es recelosa y, por si esto fuese poco, arrastra la gran lacra de ser considerada «un paraíso de la piratería». En el otro lado de la balanza, la oferta legal asequible -una alternativa al atraco que supone hoy en día pisar una sala de cine como costumbre o comprarse más de una serie original al mes-, brilla por su ausencia. Lo único disponible de momento en nuestro país son servicios novatos, que, explorando terreno desconocido, ofrecen catálogos reducidos, poco comerciales y a un precio que todavía se encuentra en las antípodas de lo que los usuarios están dispuestos a pagar.
Si Netflix ha decidido esquivar España para asentarse previamente en Holanda es porque su aclimatación en una sociedad como la nuestra no resulta sencilla. Además de tener que pulir los hábitos de consumo en un país en el que el porcentaje de penetración de la televisión de pago es llamativamente bajo, el hegemónico servicio deberá también competir con Canal +, que, viendo lo que se le venía encima, se blindó a tiempo hace años acumulando en exclusiva los principales derechos de los estrenos audiovisuales. Sí se puede, sin embargo, acceder a la gran plataforma americana desde aquí por caminos secundarios, registrándose por cinco dólares en webs, como UnblockUS, que engañan a los servidores haciéndoles creer que el usuario está conectado desde Estados Unidos. Esta, de momento, es la única salida para aquellos que quieran calmar su apetito cinéfilo y cinematográfico.