EN MASIDE de mi niñez, se decía que los perros percibían la muerte anticipadamente. Aullaban (emitían sonidos tristes y prolongados) en las cercanías de la casa del moribundo. Así se sabía que a alguien le quedaba poco de vida. Todavía recuerdo a un vecino, espantando la muerte a escobazos, al arremeter contra un perro que aullaba a su puerta. De ser cierta, es una de las percepciones, junto con otras, en las que los cánidos ganan por goleada a los humanos. Más de una vez, desde hace tiempo, oigo el aullido de los perros urbanos de Pontevedra. Supongo que en otros lugares ocurrirá lo mismo. Estoy en mi trabajo, dando clase en el Sánchez Cantón, pasa una ambulancia con su sirena al viento y los perros del entorno aúllan tan lastimosamente como lo hacían los de Maside. ¿Será el sonido de la sirena el que les incita a ese comportamiento? ¿Olfatearán la muerte que la ambulancia lleva? Un día de estos se lo preguntaré a cualquier perro de aullido viejo con aire de modernidad.