Luchando con el mar

BUEU

Madre e hijo conocen los peligros de recoger percebe en la Isla de Ons. Para ellos el mar es su vida, a pesar de los pequeños sustos durante su trayectoria profesional

28 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Josefa Otero llegó al puerto de Bueu en la proa del barco de la cofradía de pescadores. Por sus gestos se podía adivinar la disposición de una mujer que lleva desde los ocho años echándole un pulso al mar. Un juego en el que en multitud de ocasiones el gigante azul ganó la partida, arrojándola al agua. A pesar de ello, no deja de ir porque dice que le gusta, que no sabe hacer otra cosa.

La escurridiza Josefa comenzó a quejarse del frío en cuanto saltó del barco. Sorprende la agilidad de esta mujer que pone un pie el borde de la embarcación y el otro en un minúsculo espacio que queda libre entre los sacos de percebes: «Teño o frío metido no corpo» y desapareció. Al cabo de un rato regresó con la ropa seca y comenzó a seleccionar el percebe bueno, del que no era tan bueno. Curiosamente, el suyo es ligeramente más grande que el de sus compañeros, será porque es la veterana y eso se nota: «Pero muller, eu non teño nada que contarche, faille a entrevista a outra», afirma. Mientras trabaja, comienza a hablar aunque su timidez obliga a sacarle las palabras una a una: «Comecei nisto cando tiña oito ou nove anos, acompañaba á miña nai vixiando o mar».

- ¿E iso que é?

-Iso é avisarlle os mares. Ter coidado de que non viñera o mar e a levara.

Josefa comienza a explicar que el buen percebe es aquel que tiene el color rojo en la parte opuesta a la uña, pero además debe ser gordo y grande. Ella sabe donde encontrarlo y no duda en afirmar que las mejoras zonas de la isla de Ons para capturar estos ejemplares son Liñeiros, Onza y O centolo: «Para que se de un bo ano de percebe ten que chover moito. A auga doce é boa para o percebe, para o polbo, para o peixe, para todo. Este ano hai pouco de todo», se queja Josefa.

Reconoce que al mar hai que tenerle respeto «e medo tamén. Pero a mín gústame. Eu ando mellor no mar que en terra», asegura de forma sorprendente.

Josefa no vivió otra cosa y a pesar de que reconoce que es su pasión, no le entusiasma la idea de que sus hijos capturen el preciado crustáceo: «Meus fillos van pouco ¡Nin me gusta que vaian!», concluye de forma tajante. Conoce los riesgos y calla. Prefiere guardárselos para ella.

Del percebe al aparejo

Su hijo José Manuel Reiriz tiene una mañana muy tranquila, hoy no salió a faenar y se lo tomó de descanso después de unos días de mucho ajetreo. Pero aún así, no pudo resistir la tentación de dejarse pasar por el puerto para charlar con los compañeros y ver llegar los barcos.

Las manos de Manuel reflejan el trabajo y el sacrificio de este hombre que empezó en el oficio con tan solo quince años. Rudas, grandes y llenas de artrosis reconoce que este es uno de los precios que te hace pagar el mar. El otro, el que más le duele, es no haber visto crecer a sus tres hijos. Reiriz trabajó de marinero de altura y las temporadas se hacían muy largas: «Chegaba de sete ou oito meses e votaba vinte días na casa. Cando chegaba non eran nada e na outra marea xa andaban», asegura Manuel.

Luego se dedicó al percebe y confiesa que nunca tuvo un oficio tan cansado: «Son catro horas pero estás a correr todo o día. Subes e baixas cun ollo no percebe e outro no mar. Hai moitos trastazos e chegas reventado das mareas». Reiriz y su hermano tienen una embarcación propia desde hace nueve años: «Nós xa fumos criados así e non sabemos facer outra cousa, pero gustaríame cos meus fillos non se dedicaran a isto, que estudaran unha carreira», confiesa.

Aunque ahora captura centolla y pescado, Manuel recuerda la época en la que se dedicó al percebe: «Non se mira as condicións do tempo, se tes que sair saes, aínda que haxa forza catro ou cinco no mar. Nós fixámonos nisto [mueve los dedos pulgar e índice de su mano en alusión al parné]. Esta é a única condición», concluye.