En la corte de Mantua

| ANDRÉS PRECEDO |

BARRO

08 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

POCOS DÍAS hace, y cuando esto se publique harán más, que estuve otra vez disfrutando de una representación de Rigoletto . Y me llamó la atención una frase de la escena inicial -después el hermoso lenguaje musical de Verdi ya no me dejó leer otras letras- que decía algo así: «los cortesanos están dispuestos a hacer de todo con tal de conseguir dinero y poder». Los cortesanos eran falsos, aduladores, engreídos déspotas, eran sobre todo ambiciosos y envidiosos. Las cortesanas entonces eran otra cosa, más erótica, más sensual, más inmoral, más proscrita. Hoy todos son iguales, dicen, hoy todos somos arroba ¡qué estupidez esta moda! Yo no quiero ser arroba. Mi mujer tampoco. En el arrobamiento, en el musical, la frase verdiana se me olvidó, pero al día siguiente abrí la prensa local y volvió a resonar. Y empecé a ver coros de cortesanos por todas partes. ¿Sería una alucinación matinal? No, era una realidad diaria. Coros de cortesanos rodeaban a nombres que aquí no quiero repetir. ¡Pobres los que llevaban esos nombres! Y digo esto así, porque a base de estar rodeados por coros de cortesanos, los que llevan los nombres, terminan por desconectar de la realidad, y creer -incluso con buena fe- que la realidad es lo que los cortesanos les presentan. Y se crecen, se engrien, se hacen dioses de barro. A menudo también engordan como en Sicilia donde el poder se medía por las dimensiones de la panza. Y los quijotes, se transforman en sanchos, y los sanchos son eliminados de la escena ¡por gordos y bajitos! Les falta esa imagen a la que hoy se le dá tanta importancia. Y los que ayer se sentían ciudadanos, aunque selectos, después se sienten amos de los súbditos. Y los amos se hacen déspotas, y así todo se envilece en el poder, y en la política. Y mientras unos siguen queriendo llegar a cortesanos, cada vez son más los que se van hacia otras cortes, más hermosas, más amables, más humanísticas, y también más humanas. Y así, la indiferencia, el desprecio, el rechazo se engendra en la ciudadanía. Claro que eso importa poco, porque son populacho manipulado. Y a veces tampoco les falta razón. Allá a lo lejos, los quijotes indiferentes, reunidos en asamblea sabia, siguen encantados en sus imaginaciones. También las cortesanas están contentas, porque a más cortesanos, más clientes. No todos, claro. El duque de Mantua, mujeriego y arrogante, -dice el programa- si lo era