La desesperación se muda a Campolongo

«¿Dónde vivimos nosotros?», dicen las familias que no pueden volver a sus casas tras el incendio de un edificio


pontevedra / la voz

Las sirenas tardaron poco en apagarse. El incendio que sufrió un edificio ubicado en la calle Alfonso X, en el barrio pontevedrés de Campolongo, el domingo por la mañana se extinguió en unas horas. Pero su huella es alargada y dolorosa. Hay cinco familias que siguen viviendo de prestado, en casas de parientes o amigos, porque sus pisos, de momento, están inhabitables. «Sería inhumano volver aquí», decía ayer uno de los afectados. Y existe otra familia más que, como no tiene ningún otro lugar al que ir, sigue en su inmueble a las bravas, con una ventana sin cristales, tapada con un plástico, y con los escombros que dejó el fuego todavía por el suelo.

La ruta por el desastre empieza, precisamente, en este piso del que los habitantes no se han ido no porque estén bien, ya que les falta una ventana, tienen otra rota y en su hogar hace tanto frío como en la calle, sino porque, tras la primera noche de hotel, «no teníamos ningún lugar, nadie se hacía cargo». En él vive de alquiler Petra Asumuachama, de Guinea, su hija y sus nietos -dos de ellos de corta edad-. Petra reconoce que con la lluvia y con un plástico haciendo de ventana «se está muy mal». Pero también tiene claro que la familia debe resistir ahí: «No hay seguro para nosotros, no tenemos otro lugar», dice con desesperación y tras reconocer aún llevar dentro el pánico que le provocaron las llamas .

«Que vengan ellos para aquí»

Escaleras arriba, en un piso totalmente reformado que también se ha quedado sin ventanas y ennegrecido, muestra su impotencia Marta Mateos. Está llenando bolsas y más bolsas de ropa mientras mira con desesperación al techo, en el que se evidencia que el agua se está filtrando a pasos agigantados. Cuenta que ella, su marido y su hija están viviendo en casa de su suegra «porque el seguro lo máximo que nos daba era 150 euros para alojamiento... 150 euros en total, no por día. ¿Dónde vivimos con ese dinero?». Es consciente de que, tal y como está el salón y una de las habitaciones, tardará mucho tiempo en volver a su hogar. «Y lo peor es que no encuentras un piso de alquiler por uno o dos meses. Tenemos la vida patas arriba», señala. Luego, vuelve a fijar la mirada en las ventanas destrozadas, la pared llena de humo y señala: «Y me dicen que esto está habitable, que vengamos. Que vengan ellos para aquí. Yo no pienso vivir en estas condiciones. Sé que estas cosas van lentas, que esto depende de muchos seguros, pero es que nos desesperamos».

Sigue el ascenso por la escalera y vuelven a sonar las quejas. Elona, de origen albano, es otra de las afectadas. Vive con sus hijos en un piso en propiedad al que tampoco pueden volver. Al igual que en las otras viviendas, las ventanas están destrozadas, tapadas con colchas y plásticos, y el salón luce negro. Elona mira hacia un sofá otrora beis y señala: «Supongo que hay que tirarlo todo, está todo perdido». En su caso, su jefa les ha acogido en su casa durante estos días. Se hace la misma pregunta que el resto de afectados: «¿Dónde vivimos nosotros, qué futuro tenemos?».

Ana vive en el sexto y tampoco puede volver a casa. Es pesimista: «Está todo fatal, va todo lento», dice. Los pisos dañados por el fuego son, de arriba a abajo, todos los de la letra d. Ahora es una d de desesperación.

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