Cuatro viajes por la emigración meca

O Grove inauguró ayer un mes dedicado homenajear a quienes, desde la distancia, ayudaron a construir el presente

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vilagarcía / la voz

No corren buenos tiempos para la empatía. Ponerse en la piel y en los zapatos de los otros no está de moda, y eso hace que las peores enfermedades sociales afloren con una fortaleza aterradora. En momentos así son especialmente necesarias iniciativas como la que ayer estrenó el Concello de O Grove: un mes de actividades para homenajear a todos los emigrantes mecos que, desde la distancia, contribuyeron al bienestar de su familia y de todo su pueblo. El acto inaugural se celebró, a mediodía, en la calle Castelao. ¿O deberíamos decir en A Catorse? Ese es el nombre con el que los grovenses que habían vivido en Nueva York bautizaron, de vuelta en su tierra, a la primera vía del casco urbano en la que, en lugar de pequeñas viviendas unifamiliares, comenzaron a crecer edificios de varias plantas.

Ese nombre, A Catorse, es un símbolo de la importancia que la emigración tuvo para O Grove. Para su economía, sí, pero también para su cultura. Hasta para el idioma, porque desde hace años el ghalegho do Ghrove del que tanto presumen los mecos está trufado de versiones más o menos libres de términos en inglés. Así se recordó en el acto de ayer, en el que la calle tuvo protagonismo: se descubrió una placa con la historia de su «chata»; acabará colgando en algún rincón de la vía. Pero hubo otras cuatro voces que resonaron ayer a mediodía para ayudar a los muchos grovenses presentes a hacer memoria de la emigración. De la de antes y de la de ahora.

Aguantando un sol de justicia del que sus oyentes podían escapar -muchos había cogido las sillas dispuestas por el Concello y las habían desplazado hacia los laterales de la calle, a la sombra de los edificios-, Ia Vidal, Susi Peña, Xaquín Pérez y Manola Caneda tomaron la palabra para compartir con sus vecinos sus historias de la emigración. Ia recordó sus doce años en Holanda, en barcos que construían plataformas petrolíferas. «Fun sen contrato, sen nada. Non sabía o idioma, pero sempre me trataron moi ben», relató ayer este hombre, que se fue a Holanda porque «aínda que aquí tiña traballo, quería facer unha casa». Susi Peña es mucho más joven. Pasó seis años en Inglaterra buscando las oportunidades que aquí no conseguía hallar. Su estancia fue corta, no como la de Xaquín Pérez, que lleva 63 años en Venezuela, aunque ahora pasa más meses en su tierra de origen que en su castigado hogar de adopción. También Manola habló de cuando, en los sesenta, fue a Francia a buscar futuro. «Cando cheguei á casa na que ía traballar dixeron que descansara, e que tomara gateaux (pastel), e eu pensei: pois si que fixen ben, vir para Francia para comer ghato». Manola sonríe al recordarlo. Era joven, trabajaba en una buena casa y tuvo la ocasión de recorrer mundo. Luego volvió a O Grove y construyó el resto de su vida.

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«Fun sen contrato, sen nada. Non sabía o idioma, pero sempre me trataron ben», dice Ia

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