Amalia, Milagros, Lourdes y María llevan sin cobrar desde septiembre y octubre, a pesar de que pasaron meses acudiendo puntualmente a sus puestos de trabajo
29 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Suena el despertador a las 5.15 de la madrugada. Toca levantarse, hacer acopio de valor y meterse en la ducha. Hay que pensar que, independientemente de la vocación que uno tenga, el esfuerzo diario es el que permite pagar las facturas a final de mes. Hay días en que es el principal motor para la mayoría de los empleados del país. Excepto para Lourdes, María, Amalia y Milagros. Ellas, aunque repetían diariamente el mismo proceso que la mayoría de trabajadores del territorio español, no reciben ningún cheque el día 31. Ni el 1, ni el 2. Ni siquiera el día 20. Hace meses que a ellas no les llega ningún ingreso, porque sus empresas entraron en concurso voluntario de acreedores. Aún así, acudieron cada día durante meses a su puesto de trabajo, so pena de perder sus derechos indemnizatorios y como trabajadoras en el futuro.
Las dos últimas, empleadas de la Rede Galega de Kioscos, lograron que el juez encargado de su liquidación las dejara quedarse en casa en lugar de ir a los puestos de venta siete horas al día a pesar de no tener nada que vender, sin luz ni agua en pleno invierno. Pero antes tuvieron que pasar tres meses en esa situación.
Traspaso laboral
Lourdes y María, por su parte, están a la espera de un traspaso laboral para pasar a figurar en la nómina de una nueva empresa. Llevan desde el mes de septiembre sin cobrar. María ni siquiera quiere dar su nombre de pila real. Ella y Lourdes llevan trabajando en la limpieza de las instalaciones del Ministerio de Defensa de forma indefinida durante los últimos diecinueve y nueve años, respectivamente. Aunque han pasado por situaciones complejas por las diferentes empresas que se han hecho con la concesión en las últimas décadas, nunca habían sufrido lo que están experimentando ahora.
«Ir de camino a mi puesto de trabajo me pone del hígado, siento como si fuera al circo, y así es como lo llamo ahora: yo soy el payaso del que se ríen», asegura Lourdes. María comparte su sentimiento. Comenzó a tomar medicación contra la depresión poco después de que comenzase el conflicto laboral en la firma que las tiene contratadas ahora. Asegura que el peor momento llegó con la Navidad: «Este año no hubo Navidades, porque como no sabes qué puede venir tienes que guardarlo. Yo me volví ahorradora ahora», admite.
Por el momento ambas tiran de sus ahorros y, en el caso de María, de lo que gana su marido como albañil. Tiene un contrato temporal, así que le quedan apenas unas semanas de sueldo. Con él tienen que alimentarse ellos y a sus dos hijos de 16 y 22 años. Fue el pequeño quien le preguntó el otro día: «Mamá, ¿es que ahora somos pobres?», explica, intentando disumular su emoción.
Tirando de los ahorros
La hija menor de Lourdes, de 22 años, no quiere irse de vacaciones hasta estar segura de que no falta dinero en casa. La mayor no puede hacerlo porque también está atravesando una situación complicada. Y el dinero se acaba casi tan rápido como la energía vital. Más aún, si se tiene en cuenta que a estas empleadas acudir cada día a su puesto de trabajo les supone un gasto de su bolsillo de entre 90 y 100 euros al mes, dependiendo del caso. En el de una de sus compañeras, por ejemplo, que vive a 35 kilometros, el gasto era mucho mayor y sus posibilidades menores, así que apenas aguantó dos meses yendo a trabajar sin cobrar. Tiene un niño pequeño.
Amalia Santomé y Milagros Soto llevan casi dos meses en casa, y desde octubre sin cobrar. Milagros tiene un marido recién operado y cuatro hijos, de los que tres están en el paro y dos viven con ella. Por eso, «yo prefiero estar en casa que en un congelador; aquí por lo menos puedo llevar el pesario para la columna». La última vez que fue al médico le contó su situación y, como la reconoció por la prensa, le dijo que ya le pagará.
Amalia es de las que se le cae la casa encima. Tiene una pensión de viudedad de 300 euros, una hipoteca que afrontar y un hijo, y no ve el momento de volver a la actividad laboral.
Las cuatro admiten que se plantearon más de una vez ir a la sede de Cáritas a pedir comida, pero no lo hacen «por vergüenza».
Las cuatro se plantearon ir a Cáritas, pero lo descartaron «por vergüenza»
Milagros tiene que cuidar a su marido enfermo, pero el resto quiere trabajar
Sin recibir ningún ingreso, dejar de ir al trabajo suponía perder sus derechos
Lourdes se siente como si fuera al circo y ella fuera el payaso del que se ríen