En el año 1946 Aurora Lamas abrió el estanco, ahora instalado en la calle de García Camba, que heredó su hija y ahora regenta uno de los nietos
17 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Atrás quedan aquellos tiempos de la posguerra, con el tabaco -el cuarterón- racionado y con cupones para obtenerlo. Ahora los estanqueros se enfrentan a las leyes que pretenden reducir su consumo, «con una doble moral» por parte del Gobierno, como comenta Víctor Saínz, que considera que son meros «recaudadores de impuestos».
Fue su madre, allá por el año 1946, la que puso el estanco en la calle Daniel de la Sota, que aún no existía como tal. Cuando abrieron ese vial, se trasladó a Andrés Muruais, donde heredó el negocio su hija, también llamada Aurora. Víctor Saínz, que trabajaba en un banco, empezó a ir por el local a ayudar a su hermana con trámites y recados, y hoy es su hijo el que está al frente del negocio.
Desde el 31 de mayo del 2006 están en el actual emplazamiento de la calle García Camba. El edificio que ocupaba antes lo iban a tirar y la propietaria decidió aprovechar el momento para jubilarse. Entonces, su sobrino se incorporó al negocio. «De aquella -dice- era buena época, pero si fuera hoy, no sé si lo cogería».
Después del cuarterón empezaron a llegar las cajetillas de Ducados y Record «y toda esa gama». Y pasaron la época del tabaco de contrabando, que se notaba porque «aquí casi no había, venía de fuera y además era más barato y mejor, no como el de ahora que viene de China y hasta dicen que tiene abono de conejo», afirma Víctor Saínz.
Comentan que en la actualidad los fumadores se sienten perseguidos y no creen que haya menos, sino que por las limitaciones, tienen muchas menos horas para hacerlo. «No puedes fumar en el trabajo y cada vez en menos sitios, ni en el cine, ni en bares, por lo que te vas a quedar con cuatro horas para fumar y necesariamente fumarás menos», comenta Del Río.
Para abundar en su opinión de la doble moral del Gobierno y de que son meros recaudadores de impuestos subrayan los márgenes que se lleva el Estado. «De una factura de 40.000, 27.000 son de impuestos. Se lo dices a los clientes y no se lo creen hasta que les enseñas el papel. Nuestro margen es del 8,5% y el resto, para el Estado. Además, resulta que venda o no venda, tengo que pagar y por anticipado». En 1980, el Ducados costaba 50 pesetas, que hoy serían 500 (3 euros), mientras los Celtas valían 22 pesetas y ahora 3 euros.
De todas formas, tratan de poner buena cara y en su establecimiento figuran algunos azulejos decorados con mensajes parodiando los lemas antitabaco, como el que dice Las autoridades sanitarias también pueden ser perjudiciales para su salud. «Los compramos en Toledo -comenta Del Río-, y yo traje de Segovia otro que aún no está puesto y que reza Los fumadores son personas muy tolerantes: jamás se quejan de los que no fuman. Hay que tomárselo con cachondeo».
Incide en el tema de los impuestos para explicar que tras la última subida, de enero del pasado año, muchos clientes se pasaron a la picadura porque era mucho más económica. «Pero el Gobierno también se dio cuenta de ese detalle y subió el IVA, aumentando mucho el precio, que pasó de 1.50 a 3,40 euros, una barbaridad». Entonces, algunos clientes volvieron a la cajetilla pero otros no, «porque el papel de liar es mucho más sano, aunque ahora salieron los cigarros 100% naturales, que fumas menos, pues realmente fumas lo que consumes». Para Del Río el futuro del tabaco está en la picadura, opinión que no comparte su padre: «El futuro está en la comodidad y la comodidad es sacar una cajetilla y encender el pitillo», asegura.
Muchos clientes se quejan de las continuas subidas y dicen que dejarán de fumar cuando llegue a una determinada cantidad, «pero luego, siguen quejándose y siguen fumando».
Los que dejan el hábito suele ser a consecuencia de la salud, como Víctor padre, por recomendación médica, aunque otros siguen con el tabaco, «como una señora operada de cáncer de garganta que viene a por sus pitillos mentolados y un señor que viene con su bombona de oxígeno».