Ana Mato recibió un doble trasplante de páncreas y riñón: «Poder beber agua me hace recordar todos los días a mis compañeros de diálisis»
ENFERMEDADES
En el Día Mundial del Riñón, la santiaguesa de 39 años advierte que la enfermedad renal «es muy silenciosa» y reivindica el acceso a analíticas anuales que permitan detectarla
12 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El 31 de julio del 2024, la vida de Ana Mato cambió para siempre en un quirófano del Hospital Universitario de A Coruña (CHUAC). Tras una vida entera con enfermedad renal —además de una diabetes tipo 1 diagnosticada en la infancia—, a sus 36 años se sometió a un doble trasplante de páncreas y riñón. La operación duró ocho horas y le devolvió una vitalidad que Ana creía perdida. Pero no fue un proceso fácil ni simple. «Surgieron complicaciones después del trasplante y me pasé un año con idas y venidas al hospital», cuenta. Hoy, a un año y medio de la cirugía, asegura que su vida ha mejorado «al 100 %».
Antes y después
En junio del 2024, poco antes de que la llamaran para el trasplante, Ana contó por primera vez su historia a La Voz de la Salud. Entonces vivía con ansiedad a la espera de la llamada que le confirmaría la operación. «Nunca apago el teléfono e intento tenerlo, al menos, en modo vibración», reveló en esa ocasión. A medida que su condición de salud había ido empeorando, se enfrentó a diferentes cambios. «Con el paso del tiempo, los riñones fueron perdiendo su función. Llegó un punto, en el 2017, en el que el declive fue mucho más rápido. Y si bien hasta ese momento no había tenido nada importante, a partir de ese año, empeoré a pasos agigantados», contó en esa ocasión. Aunque se cree que su enfermedad renal estaba vinculada a la diabetes, los expertos no conocen el desencadenante preciso del problema de los riñones.
En el 2021, le diagnosticaron una enfermedad renal crónica y empezó a someterse a diálisis. Con el avance de su patología, el doble trasplante se convirtió en una necesidad y Ana tuvo que tomar decisiones que cambiaron su curso vital. Volvió de Alemania, donde se encontraba trabajando como enfermera, a su Santiago natal, para poder optar al procedimiento más rápido.
La espera duró más de tres años. «Siempre que te llaman y ves el número largo del Sergas lo coges pensando que puede ser esta vez», explicaba antes del trasplante. A pesar de la espera, de la preparación e incluso del hecho de ser enfermera, hoy confiesa que, cuando finalmente ocurrió, fue de manera inesperada. «En el momento me cogió muy de sorpresa. No me lo esperaba para nada. Pero ya estaba en un momento en el que mi salud estaba yendo muy en picado y realmente lo necesitaba, tanto física como anímicamente. Estaba derrotada», recuerda.
Ese momento fue una bisagra en la vida de Ana, que reconoce un antes y un después de la operación. Lo que sucedió en el medio, entre esos dos capítulos, es hoy una memoria difusa. «De la operación no puedo decir mucho, porque tardé bastante en despertar. Estuve cuatro días en coma inducido porque me surgieron problemas y me tuvieron que volver a operar. Me mantuvieron sedada y lo único que recuerdo del tiempo que pasé en reanimación es que la enfermera se preocupó muchísimo, porque al despertar le hablé en alemán. Yo había vivido muchos años en Alemania, pero ella no lo sabía y pensó que podía tener daño cerebral», recuerda.
A pesar de las complicaciones, la sensación del antes y el después es, para Ana, la de una mejora radical en su calidad de vida. «Ya el hecho de no tener que ir a diálisis es un cambio enorme. Cuando tienes que ir tres veces a la semana, ya sabes que tienes la mitad del día perdido y no es solamente eso. Es el cansancio que genera el tratamiento, que impide hacer una vida ya no solo laboralmente activa, sino activa en general. Cuando estás en diálisis, tu cuerpo ya no está en un estado óptimo. Notas el cansancio y normalmente yo al menos necesitaba un tiempo para recuperarme después de cada sesión», describe la paciente.
Durante la hemodiálisis, la sangre se extrae del organismo y pasa a través del dializador, una máquina que la filtra para eliminar las toxinas y el exceso de líquido acumulado. A continuación, se vuelve a introducir la sangre en el organismo. «Como los riñones no pueden hacer su trabajo, no pueden filtrar ni eliminar la orina, apenas miccionas. Acumulas todo lo que bebes», explica Ana.
El contraste cuando observa su vida actual es notorio. Puede salir a andar y no se cansa a la hora de subir cuestas o escaleras. «De hecho, en estos momentos estoy estudiando digitalización e inteligencia artificial para poder volver a trabajar y noto que me puedo concentrar. Siempre me gustó mucho leer y estudiar, pero cuando estaba enferma mi concentración y mi motivación no eran las mismas», observa.
Volver al mar
Una de las cosas que Ana no podía hacer durante los años en los que se sometió a diálisis era bañarse. Para tratar su sangre con la máquina utilizaba un catéter que no se podía mojar, ya que el líquido suponía un riesgo directo de infección. «Llevo sin ducharme como una persona normal desde hace tres años, y desde luego, bañarme en el mar o en la piscina es algo impensable», contó en el 2024 a La Voz de la Salud. Poder asearse normalmente de nuevo fue un acontecimiento. «Las primeras duchas fueron de una hora, porque recuperar esto que es una tontería para muchos fue una maravilla», cuenta.
Anhelaba, sobre todo, volver a meterse en el mar. «Como me operaron en el verano del 2024, ese año no tuve la oportunidad de volver. Pero este último sí y fue una de las primeras cosas que hice. Fue una gozada poder hacerlo después de casi cuatro años», asegura.
El haber vivido con enfermedad renal hace que incluso algo tan cotidiano como beber un vaso de agua tenga otro significado. «Este verano, que hizo un calor agobiante, tener sed y poder ir a la nevera, abrirla y beber agua fría, ese simple hecho hizo que me acordara todos los días de mis compañeros de diálisis», cuenta Ana. Para quienes se someten a este tratamiento crónico, la ingesta de líquido está extremadamente limitada por la dificultad del cuerpo para eliminar el exceso de agua. En pacientes con enfermedad renal avanzada, el líquido se acumula en el cuerpo y puede provocar problemas graves sin la eliminación adecuada.
La importancia de la prevención
Un cuadro como el de Ana no permite una prevención activa de la enfermedad renal. En su caso, el avance de la patología, asociado al deterioro provocado por la diabetes, no se podía frenar simplemente con un cambio de hábitos. Pero para muchos otros pacientes, la prevención es posible. «La gente banaliza esta enfermedad y le da poca importancia porque es muy silenciosa y al principio tú no notas nada realmente. Pero llega un punto en el que es demasiado tarde para tomar medidas que puedan frenarlo y necesitas diálisis», observa.
«Debería llevarse un control un poco más estricto de cómo están tus riñones en cada momento de tu vida. Con una analítica que te hagas anualmente, puedes saber cuál es el estado en el que te encuentras y la evolución. Y sabiendo eso, también puedes tomar medidas de antemano que son tan fáciles como eliminar ciertos alimentos de tu dieta. No me refiero a tener que seguir una dieta estricta, no es tan extremo. Con estas medidas sencillas, como también puede ser dejar de tomar analgésicos antiinflamatorios y optar por otros como el paracetamol, que cuidan más los riñones, podemos mejorar nuestra salud desde un aspecto preventivo», asegura Ana, en su rol de miembro de la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades del Riñón (Alcer).