El concelleiro de Cultura se ha empeñado en demostrarnos que ellos, los del BNG, no discuten por un «quítame allá esas pajas». Lo hacen por una sinfónica, que además de ser algo refinado puede resultar útil para decirles a sus componentes «tócala otra vez, Sam», en el momento deseado -al menos por ellos- de que el alcalde emprenda las de Villadiego.
Caballero, dicen, les ha robado la idea de crear esa agrupación musical, que ya es casualidad que en una corporación con tan pocas ideas originales, que viene barajando proyectos en muchos casos de bastantes años atrás, PSOE y bloqueiros, tuvieran la iniciativa de montar la sinfónica por separado, como está escrito debe hacer un matrimonio o pareja política que se precie y quiera vivir con los tiempos.
Tampoco esta vez ha sonado el flautín que algunos llevamos mucho tiempo esperando. Es hora, desde el inicio mismo de esta corporación, de decirle al Bloque y a la ciudadanía, y supongo que debe decírselo Abel Caballero, que el alcalde es la máxima autoridad, que en consecuencia debe estar al corriente de todo lo importante que se cuece en la casa. O sea, que todos los concejales despachen con él o con aquel en quien delegue, que intervenga en lo que le pete -aunque deba informar al edil concernido- y resolver con su superior criterio cualquier litigio entre ediles. Claro que decir tales cosas contravendría unos pactos que nunca se debieron acordar, de dividir la corporación en compartimentos estancos, como si fuera uno de esos submarinos nucleares rusos que en cuanto se les escapa una cantidad de nada de gas hay un estropicio.
De lo contrario, jugando al eterno juego de las dos medias naranjas que nunca coinciden, salen gajos amargos a tutiplén. Y por eso ha habido otras quejas semejantes a éstas, aunque cierto es que con menos xeito. Y algo se resentirá la gobernabilidad, que no es fraccionable ni transferible, que es algo de todos los que están en la casa esa espantosa de la praza do Rei.
Dado que el concejal de Cultura ha anunciado contundencia para cuando vuelvan a entrometerse en sus cosas, esperemos que el asunto no se dirima en un ring. Entonces, parece evidente que no podrían negar que están peleados. O peleando. Lamentablemente, en ese supuesto ya no podremos contar con el docto consejo de don Camilo José Cela, que decía que no es lo mismo estar peleado que estar peleando, aunque él buscaba para el caso otro verbo, tanto o más activo que el de la loita política de los socios mal avenidos.
Si por una sinfónica se organiza este follón, no quiera usted saber el día que discutan la paternidad del AVE, la depuradora, cualquier obrita de Portela, todas las humanizaciones que nos van a hacer en la operación anticrisis -para que paseen los parados, que no sé si les llegarán esas aceronas-, los párkings, los fiestorros de los dos bicentenarios o minucias de ese tipo. En estos supuestos, no digamos que Dios nos coja confesados, sino simplemente que nos traslade de este a otro paraíso, para no soportar tal estulticia.