Hosteleros, vendedores, asociaciones y vecinos llenaron el caso viejo de tiendas de época, comidas y cenas Miles de personas recrearon ayer la ciudad del siglo XV en la Feira Franca
03 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?omo un occidental blanco en plena capital de Burundi, así de descolocado y fuera de lugar se podía sentir ayer quien pasease por el centro de Pontevedra vestido con ropas actuales. Medio vecindario se transportó en el tiempo hasta el siglo XV, cuando la ciudad era la más pujante de Galicia, aprovechando la celebración de la Feira Franca. Hacerlo era fácil: bastaba un poco de imaginación y cierta manga ancha para dejar correr algunos desfases temporales. Porque la Feira Franca no pretende ser una recreación al dedillo. Sus organizadores se esfuerzan cada año en pedir un esfuerzo para que la cosa quede verídica. Pero ¿qué clase de fiesta sería una en la que no hubiese empanada, por mucho que el maíz del que se hace hubiese llegado a Europa en el siglo XVI? ¿Qué mesa puede considerarse bien puesta si encima no hay tenedores, tortilla de patatas, un paquete de Winston, productos desconocidos en 1467, el año en el que Enrique IV concedió a Pontevedra el privilegio de organizar la Feira? Un hervidero Con ese espíritu salieron a la calle ayer miles de pontevedreses, que convirtieron la ciudad en un hervidero de mendigos -más bien pocos-, campesinos, caballeros, mercaderes árabes, reyes y princesas, bufones, taberneras y personajes de procedencia dudosa. La Edad Media no era buena época para andar por la calle, si la recreación pontevedresa es fiel: abrirse paso por A Ferrería, A Leña o Méndez Núñez fue complicado durante todo el día. Cada cual intentó buscar su lugar a la sombra para hacerse el churrasquito y montar un tenderete ambientado con arreglo al gusto de la época. Docenas de comerciantes ofrecían en las calles productos más o menos medievales. Había miel, hierbas, licores. Había mujeres que leían el futuro en la mano a cambio de la voluntad. Había grupos de niñitas vestidas de campesinas ofreciendo especias y uvas a precios astronómicos. Estaba un alcalde -el de verdad, Miguel Fernández Lores-, haciendo figuras para controlar una pesada espada con la que debía defender la ciudad. Había herreros con mecanismos de época, fuelles inmensos y un arsenal de azadas, raños y galletos, que hacían fuego en la forja con pastillas para encender la barbacoa. Estaban el ciego y el Lazarillo, que no son de Tormes, sino de Lalín. Había hierba seca en el suelo, este año convenientemente despulgada y desparasitada. También había algún desarreglo, tipos tocando timbales africanos y vestidos de indio mohawk, un organista con traje renacentista y partituras de Bach, un señor ametrallando a la concurrencia con una pistola tipo Darth Vader. Había ambiente, muchísimo, y risas, y buen rollo medieval. Y muy poco de lo que preocuparse, apenas un conato de incendio en un bar, que había instalado un fogón bajo un toldo. La parroquia fue a sofocarlo al grito de «¡mi madriña!», no por sorpresa, sino porque ése es el nombre del establecimiento. Eran cosas que pasaban en el medievo; ¿no arrasó tres cuartas partes de Londres un incendio provocado porque un panadero no apagó su horno? Nadie queda al margen Pocos se quedaron en casa, y pocos dejaron de disfrazarse para la ocasión. En Pontevedra ya nadie quiere quedarse al margen de una fiesta que, con cinco años de vida, rivaliza con otras con mucha más solera: los comerciantes del mercado regalaron callos al estilo medieval y un ribeiro del siglo XII que no estaba nada malo; las asociaciones montaron talleres de caligrafía, de vestidos, de lo que fuese, teatrillos, música, puestos de comercio justo. Los hosteleros dieron comidas adaptadas a la época. El patronato Rías Baixas ofreció caballos para que los caballeros por un día se retratasen. Bueno, no a todo el mundo le agrada la Feira Franca. Dos señoras se quejaron airadamente por el mal olor de los caballos al que firma más arriba, confundiéndolo con el guardaespaldas del alcalde: «¡Ésto es una vergüenza!», clamaron.