Entre los idiomas y la comunicación

pepe seoane OURENSE / LA VOZ

OURENSE CIUDAD

«En Bruselas basta con 15 grados y que no llueva para que te inviten a una barbacoa»

28 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

A algunas personas les cuesta especialmente hacer la maleta y arrancar. A otras, no. Andrea García Rodríguez (Ourense, 1988) es de estas últimas, le gusta viajar, conocer nuevos lugares y personas diferentes. Y si es un viaje largo, de varios meses, para llegar a conocer realmente otros mundos y otras culturas, mejor. La crisis también ayudó lo suyo. Lleva más de tres años en Bruselas, la capital europea, donde le ha tocado vivir momentos dramáticos. «¿Que cómo lo ven mis padres? Naturalmente, preferirían que estuviera ahí, pero dadas las circunstancias, creo que lo llevan bastante bien».

Llegar a una nueva ciudad, si no conoces a nadie, no es fácil. Sirva como punto de partida. Te obligas, dice, «a salir de tu zona de confort, porque sentado en el sofá de casa poco se aprende». Estaba entre Sevilla y Marruecos cuando llegó a Bruselas. Lluvia, frío y nieve. «La ciudad cambia con la primavera. Los belgas son felices con un rayito de sol. Les bastan quince grados y que no llueva para invitarte a una barbacoa. Son gente estupenda, muy hospitalarios, respetuosos y abiertos, están acostumbrados a convivir con personas de otros países y culturas. Eso sí, que nadie les quite sus patatas fritas, su chocolate, sus gofres y sus más de dos mil cervezas diferentes».

Su natural, tan pronto se instaló en Bruselas, la llevó a compartir el trabajo, que eran las clases de español a los dos niños de una familia, con un voluntariado en una asociación cultural que promueve a artistas africanos en Bélgica. Sin olvidar el francés, «porque la fluidez en una idioma se pierde si no se practica».

La hostelería fue el siguiente paso. Un restaurante indio en la zona europea. «Me vino genial para soltarme en inglés y francés de forma natural. Y para trabajar de verdad bajo presión, organizar y encontrar soluciones creativas cuando tienes un problema y recursos limitados. Es increíble todo lo que se aprende en hostelería, pero quema bastante».

Y los idiomas como docente. Español y francés para inmigrantes. «Es algo que me apasiona, por lo que no descarto que el futuro esté en enseñar idiomas». Intérprete de castellano para grupos de belgas de viaje por España, ha vuelto a sus orígenes. O al menos ha llegado cerca. «Estoy trabajando en una empresa familiar de pintura, desarrollando su página web, gestionando su presencia en los medios y posicionamiento en Google. Tiene quizás más que ver con el márketing que con la comunicación, pero está relacionado con todo aquello para lo que me formé. No fue fácil pero estoy muy contenta con mi empleo y a nivel personal».

¿Bruselas? «Es una ciudad de contrastes con un movimiento constante a nivel cultural, social y económico que la hacen única. Es el terreno neutral entre valones, bastante parecidos a nosotros, y flamencos, mucho más nórdicos. Bélgica es un país muy interesante y la frontera lingüística que hay en el país para mí es también una frontera cultural entre el norte y el sur de Europa».

Ya puestos, en septiembre se marcó otro reto. «Voy a clases de néerlandes o flamenco, porque me parece importante hablar dos de las tres lenguas oficiales del país. El alemán también lo es. La gramática es un quebradero de cabeza, pero los flamencos son súper agradecidos cuando ven que te esfuerzas».

«Me encanta contar, porque me parece el típico ejemplo de esa relación entre surrealismo y cordura tan belga, el caso de la familia de mi novio. La madre es flamenca y el padre es valón. Tienen tres hijos, dos de ellos estudiaron en escuelas y universidades francófonas y la hija fue a una escuela y universidad flamenca. Y en casa hablan las dos lenguas indistintamente. Lamentablemente es una excepción, los problemas comunitarios en Bélgica son bastante serios».

Confiesa Andrea que siempre ha tenido el incondicional apoyo de sus padres, Manolo y Mercedes. «Claro que tienes morriña cuando estás fuera de casa. Yo espero volver algún día. Como en el poema Ítaca, de Kavafis, espero volver llena de experiencias a Ítaca, gracias a quien emprendí mi viaje». Un último apunte: «Me he adaptado a los horarios europeos y cada vez que vuelvo a Ourense cuesta la adaptación».