Manuel Burgueras, pianista durante 23 años de Montserrat Caballé: «Fue mi madre artística; trabajar con ella fue una locura enriquecedora»

OURENSE

Manuel Burgueras junto a Montserrat Caballé, en un concierto en A Coruña en el 2006
Manuel Burgueras junto a Montserrat Caballé, en un concierto en A Coruña en el 2006 EDUARDO

El músico participa este sábado en el ciclo Ourenclásica

12 mar 2026 . Actualizado a las 18:24 h.

El prestigioso pianista Manuel Burgueras (Buenos Aires, 1961) recala este sábado en el Teatro Principal de Ourense dentro del ciclo Ourenclásica. Hijo de emigrantes —padre valenciano y madre jiennense—, es una de las figuras más relevantes del acompañamiento lírico. Tras formarse con maestros como Juan Carlos Arabián, Guillermo Opitz o Félix Lavilla, se convirtió en el pianista de confianza de Montserrat Caballé, a quien acompañó durante 23 años en templos de la música como el Carnegie Hall de Nueva York, el Teatro Colón de Buenos Aires o el Teatro Real de Madrid. Este sábado, el público ourensano podrá disfrutar de su maestría acompañando a la soprano Catina Bibiloni. En el programa se darán cita algunas de las arias de ópera más significativas de la historia, junto a romanzas de zarzuela y piezas de canción española.

—Nació en Buenos Aires en una casa donde el piano ya era un miembro más de la familia.

—El gusto por la música empezó en mi casa de pequeño porque había un piano y mi madre lo tocaba. Se oía de todo, pero mucha clásica, y eso te va entrando. Enseguida quise estudiar, mi madre empezó a enseñarme y luego pasé por el conservatorio. Allí conocí el mundo del canto y me enamoré de él; desde los 18 años me he dedicado por entero a acompañar a los cantantes.

—Su nombre está indisolublemente unido al de Montserrat Caballé. ¿Cómo fue su primer encuentro?

—Fue de casualidad. Yo estaba dando un curso en Extremadura y ella estaba en Mérida actuando en el Teatro Romano. Le pidieron un recital privado para patrocinadores y ella, que no tenía muchas ganas, puso como excusa que su pianista habitual no estaba. Le dijeron:« Aquí tenemos a un chico argentino que lo puede hacer muy bien» y me mandaron a mí. Al principio pensé que me estaban tomando el pelo. Fue una presión enorme, pero me dije: '¿Por qué no?' Nunca imaginé que de ahí saldría una colaboración de décadas.

—¿Cómo pasó de ese encuentro fortuito a ser su pianista de confianza durante 23 años?

—Ella se quedó con mi teléfono y me llamó un año después para un concierto en Benalmádena. Al poco tiempo, me volvió a llamar: su pianista habitual estaba muy enfermo y quería que yo me hiciera cargo de todos sus compromisos apalabrados. Fue un espaldarazo enorme. Fueron 23 años viajando por todos los continentes, presentándote ante el público de las salas más prestigiosas del mundo.

—¿Cómo era trabajar con una figura de la talla de la Caballé?

—Era una mujer con una sensibilidad especial y una autoexigencia máxima. De ella aprendí, sobre todo, el respeto por la partitura y a realizar una lectura mucho más profunda de lo que se suele hacer habitualmente. Había que bucear en lo que el compositor quería expresar y buscar la forma idónea de traducirlo con la voz. Personalmente, fue para mí una madre artística y trabajar con ella fue una locura enriquecedora. Era muy protectora y el cariño era mutuo. Con ella, el que tenía que aprender era yo. Era la búsqueda de la excelencia pura.

—A veces se dice que el pianista acompañante está en la sombra. ¿Lo sintió alguna vez?

— Nunca. Yo quería trabajar con cantantes. Hay que entender que cualquier artista, por muy divo que parezca, está desnudo ante el público. Siempre existe el temor de que se cierre la garganta o de soltar un gallo. Mi trabajo es transmitir seguridad desde el piano; que el cantante sienta que tiene un apoyo. No es un segundo plano, eres su bastón y su salvavidas.

—Tras cerrar esa etapa en el 2014, ahora vuelca esa experiencia en la docencia en el centro Katarina Gurska de Madrid. ¿Cómo es su método?

—Intento transmitirles todo lo que aprendí con ella. Es un trabajo de preparación: les ayudo con la pronunciación de los idiomas para que el público les entienda, les indico dónde es mejor no respirar para aguantar una frase larga de un solo aliento... Es como ser un psicólogo: tienes que entenderte con el artista para sacar lo mejor de él.

—Este sábado en Ourense actúa con Catina Bibiloni. 

—Es maravillosa. Catina empezó siendo alumna mía y ver su evolución hasta hoy, que está en un momento absolutamente dulce, es un orgullo. Es una soprano talentosísima y con una proyección enorme. Yo sigo dando bastante guerra en los escenarios, así que invito a todo el mundo a que no se la pierda, porque van a disfrutar de una cantante extraordinaria.

—Desde su perspectiva como docente y concertista, ¿cómo calificaría la salud de la lírica en España y qué dificultades enfrentan las nuevas generaciones?

—La lírica no se muere, pero vive una situación complicada. Lo que más acusa el sector es la restricción de presupuestos; en toda mi vida profesional nunca he visto que aumenten, siempre se recorta y lo que se pierde ya no se recupera. La cultura debería ser un servicio público, pero cada vez tiene más dificultades para desarrollarse. A nivel de artistas, tenemos una generación talentosísima que se renueva permanentemente, pero el panorama es difícil. A menudo, las programaciones políticas no atienden a criterios culturales o de fomento de nuevos públicos, sino que son demagógicas: se busca llenar con tal nombre aunque se agote el presupuesto del año. Esto obliga a que los cantantes españoles, para poder hacer carrera y desarrollarse, tengan que marcharse fuera.