En un mundo que se mueve cada vez más deprisa y en el que hay mil motivos para preocuparse me inquieta la sombra del desarraigo. Pertenecer a un lugar no es una cuestión geográfica y la patria de cada uno es su gente. Pero me produce desazón pensar en aquellos que no tienen a donde regresar. Es probable que mi experiencia de expatriada —sin salir de España pero a tres mil kilómetros— tenga que ver con esta sensación.
El trabajo, por necesidad o por desarrollo profesional, y el amor suelen conducir nuestros destinos por el mapa del mundo. Cuando le doy vueltas a eso pienso, ¿a dónde volverán mis hijas por Navidad? ¿Y los hijos de mis hijas?
Por eso entiendo a Svitlana, la mujer ucraniana de 78 años que llegó a Ourense empujada por la guerra, que vio nacer a su bisnieto aquí y que decidió volver a su país. Cuando estalló la guerra quiso poner su vida a salvo. Ahora quiere poner a salvo su memoria.