Estamos de acuerdo en que la situación es difícil, muy compleja, nueva, y que no hay una hoja de ruta clara ni certidumbre en esto que nos ha tocado vivir con el covid-19. Las administraciones ponen las normas, pero luego delegan, y tampoco tienen muy claro cómo hacerlas cumplir. Miles de sanciones sanitarias están a la espera de decidir quién las tramita, informaba La Voz el lunes. La pelota se pasa de la Xunta a los Concellos y viceversa, del Gobierno a las autonomías y al revés, de Educación y Sanidade a los centros educativos para empezar el curso o a las federaciones deportivas para marcar las pautas de competición. En medio del desastre que ha causado el virus, el deporte intenta volver a organizarse, pero con muchos problemas. Sobre todo en las disciplinas minoritarias, que aún no tienen pautas ni idea de cuándo ni cómo podrán empezar. Los protocolos que van saliendo incluyen normas poco entendibles, como el uso de mascarillas durante la competición. Quién nos iba a decir, por otro lado, que un día andaríamos todos enmascarados, que los niños tendrían que estar en clase con la boca tapada; así que, quizás, nos acostumbremos también a ver a los futbolistas embozados, aunque parezca poco saludable. Pese a todo, algunos balones ruedan, el espectáculo y la vida han de continuar. Eso sí, de tejado en tejado, la pelota parece que va acabar cayendo siempre en el de abajo, en la responsabilidad individual y en que cada uno asuma sus riesgos de salud y laborales. Lo de lavarse las manos a menudo las autoridades parece que lo aplican bien.