El fútbol español le debe gratitud eterna a Vicente del Bosque, a la sensatez de un entrenador que respeta el juego y a los futbolistas, que no estropea lo que funciona y que es capaz de aceptar con humildad las enseñanzas del pasado, sin imposturas ni vedetismos. Así lo hizo en el Madrid, donde recibió un portazo y la injusta acusación de manejar un librillo anticuado. En la selección, Del Bosque conservó el estilo que a Luis Aragonés le costó una triste despedida.
Paradójicamente, dos veteranos, un par de técnicos que crecieron en pleno apogeo de la furia, con el sudor y el físico como ejes de un discurso que solo había acumulado frustraciones y fracasos. Luis, un socarrón con fama de cascarrabias, ya lo anunció en el Mundial de Alemania del 2006, cuando esperó hasta última hora a Xavi, el arquitecto de la nueva era. Fue un primer boceto. En el segundo, el veterano entrenador, a sus 69 años, el técnico con más partidos en Primera a sus espaldas (757 y 25 temporadas) abandonó su conocida teoría de la inferior condición física de base de los españoles para responder al trato cruel del entorno con la la revolución de los bajitos, en Aarrhus, un 13 de octubre del 2007. Entonces, Guardiola apenas comenzaba su aventura en el Barça B, en Tercera. En el verano del 2008, España presentó al mundo su estilo. Con mejores modales, Vicente del Bosque asfaltó el camino que abrió el Sabio de Hortaleza, una vía que la conquista de la Copa del Mundo ha convertido ya en irrenunciable. Correr es necesario, jugar es obligatorio. Así también se gana.