Y de repente Alcorcón sonó con estruendo en todo el ámbito mediático. Allí había sucedido algo insólito, casi sobrenatural y sin pensármelo dos veces, aún en plena conmoción y desconociendo lo ocurrido, allá que me fui para estar al lado de mis dos nietos alcorconeros por si me necesitaran. La situación era grave, pues los futbolistas locales, de pleno acuerdo y con nocturnidad, le habían endosado cuatro goles al Real Madrid sin permitirle ni el caritativo gol de la honra.
Pasados los desconcertantes momentos iniciales que siguen a todo cataclismo me confortó que mis dos nietos, pese a saberme madridista, no se pitorrearan de su abuelo; pero sus padres se negaron a explicarme qué pócima milagrosa y qué dosis recetan a los futboleros en los centros de salud de Alcorcón donde ambos los dos trabajan a diario. Es evidente que, en este caso, la dosis tuvo que ser muy elevada porque sólo así unos de tercera pueden meterle cuatro a los casi primeros de primera.
Gracias a ese empacho de goles Alcorcón existe. Y ya que existe os diré que es la ciudad con más parques y jardines que conozco, que tiene una Universidad, que disfruta del Metro de Madrid, que presume de un hospital de última generación, y que dispone de una de esas concurridas tiendas nórdicas que venden los muebles a pedazos para armar en casa.
Como madridista confeso creo que los alcorconeros nos han pasado por encima sin piedad y no puedo agradecérselo, pero como ourensano rindo homenaje a ese pueblo en el que se puede disfrutar de la Plaza de Orense y pasear por las calles del Río Miño, de Celanova, de Ribadavia o por la Avenida de Carballiño, esta última de enormes aceras, calzadas y bulevar.
Y nosotros, ignorantes de lo presentes que nos tienen en el Ayuntamiento de Alcorcón, intentamos hermanarnos con Salvador de Bahía, en Brasil, porque a los munícipes les atraen los viajes más exóticos.
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