Tenía varias causas candidatas a hilo argumental de esta columna. Por ejemplo, la coincidencia de los juicios por el caso Koldo (o mascarillas) y la operación Kitchen, que en el Telediario de TVE Pepa Bueno presentó como el mayor escándalo perpetrado por un gobierno democrático. Si la corrupción del PP es «uranio enriquecido», como decía Fernando Salgado en su quilla del pasado lunes en La Voz de Galicia, ¿a qué grado de la escala atómica llega la de los GAL, impulsados por el Ejecutivo socialista de Felipe González y que no se limitaron a entrar en un domicilio y maniatar a tres personas, en busca de documentos: asesinaron a 27?». O la polémica del Guernica de Picasso, que aparentemente acaba de zanjar el ministro de Cultura, lo cual no significa que pasado mañana Pedro Sánchez no pueda levantarse generoso y le envíe el cuadro a Pradales con un agradecimiento por los servicios prestados (pasados y futuros). Por cierto ¿debería el Louvre devolver la Gioconda de Leonardo a Florencia? ¿El Thyssen el Mata Mua de Gauguin a Tahití? ¿Tiene Galicia que reclamar definitivamente a Buenos Aires A derradeira leción do mestre, de Castelao, y, de paso, pedir que se desmonte piedra a piedra el altar del panteón del Centro Gallego, de Asorey, y nos lo manden bien empaquetado?
Al final he optado por no contribuir a la polarización y mejor me dedico a hablar de la Luna, con mayúscula. Sin duda, Artemis II es un hito en la historia de la exploración espacial, una epopeya que jamás terminará de contarse (salvo que a Putin, Trump o el orondo coreano del norte les de por apretar el botón nuclear). Pero pongamos las cosas en su contexto: hace 67 años que se tomaron las primeras fotos de la cara oculta del satélite, 58 que una misión tripulada la vio con sus propios ojos y orbitó la Luna (Apolo 8: diez vueltas, por cierto), 57 que Armstrong estampó su huella en el Mar de la Tranquilidad, y 55 que Alan Shepard lanzó una pelota de golf más lejos que nadie en la microgravedad lunar: golpeó dos bolas, la primera la embocó en un cráter y la segunda «viajó millas y millas», aseguró el mítico astronauta. Y todavía no se había inventado el ordenador personal. Feliz regreso a la Tierra, Artemis.