Europa está llena de jardines de rosas o rosaledas. Desde Florencia a Mónaco, desde Belfast a Ginebra, estos espacios nos muestran el colorido y la belleza de unas plantas de las que se calcula que existen 30.000 variedades. La mayoría de los jardines son del siglo XX, pero existen otros cuya creación se remonta a los siglos XVIII y XIX.
La Casa Blanca, en Washington, tenía un hermoso jardín con rosas, tulipanes, cerezos japoneses, etcétera, que resistió hasta la llegada de Donald Trump. El diseño presente hasta esa fecha se debía a Jackie Kennedy, a quien John F. Kennedy le pidió, al regresar de una gira por Europa en 1961, que creara un espacio formal de recepción con jardín para la Casa Blanca.
Con posterioridad fue Melania Trump quien diseñó una renovación total, borrando los colores florales y dejando únicamente una gama de blancos y rosas; parece que en este caso no les gustó que al creador se le diera por hacer flores de colores. Esa reforma generó una ola de rechazo en buena parte de la sociedad estadounidense.
Ahora, el presidente Trump, el líder de mundo libre, excepto del de los botánicos, se lo ha cargado y ha pavimentado el espacio. Esta especie de patriarca de la horterada no tiene límites y no hay más que ver en qué ha convertido el despacho oval: un espacio lleno de objetos de oro que The New York Times ha definido como una «pesadilla rococó».
Pero la remodelación no acaba ahí. Trump está derrumbando el ala este de la Casa Blanca para construir un salón de baile de 250 millones de dólares. «Durante más de 150 años, todos los presidentes han soñado con tener un salón de baile en la Casa Blanca para albergar grandes fiestas y visitas de Estado. Me honra ser el primer presidente en poner en marcha este proyecto tan necesario», declaró.
La razón de todos estos cambios es que «las mujeres no deberían caminar sobre el césped mojado con tacones altos para llegar a las carpas donde se hacen los eventos. Sus tacones se hunden varios centímetros»; yo mejor hablaría de enterrar. Ahora respalda también la construcción de un «Arco de Trump», un monumento conmemorativo al otro lado del río Potomac, también muy necesario. Es verdad que el nivel de zafiedad de este hombre era previsible a la vista de la residencia Mar-a-Lago donde descansa el presidente, pero no pensaba que se iban a cargar el jardín de las rosas, aunque solo sea por que es la flor nacional de los Estados Unidos por su simbolismo y su amplia presencia en el territorio.
Como el jardín de la Casa Blanca, las últimas rosas de Gaza han desaparecido con los bombardeos y los años de bloqueo; a comienzos de este siglo exportaban a Europa 50 millones de rosas, sin duda una gran amenaza para Israel. Dice el refrán que «no hay rosa sin espinas», pero no explica por qué a algunos pueblos se les clavan más que a otros.