Hay una vieja teoría de la conspiración en España. Alude a un supuesto fraude electoral sistemático. Y está basada en una colección de bulos.
Ayer se agitó ese fantasma en las redes sociales. A partir de un hecho real, el robo de 14.000 euros y 124 votos en un asalto a una oficina de correos de Extremadura, María Guardiola, del PP, favorita para ganar sobrada las elecciones del domingo se puso el traje de víctima y proclamó que están «robando nuestra democracia». Lo hizo con el respaldo de Alberto Núñez Feijoo y Miguel Tellado, que se sumaron a la escandalera.
¿Había motivo? No. Los sufragios han sido recuperados (la pasta no, era un asalto de «delincuencia común») y pueden emitirse de nuevo. Entonces, ¿por qué le dieron gasolina a los pirómanos de las teorías de la conspiración, a los antisistema? La respuesta es política. En la carrera electoral extremeña damos por ciertas la debacle socialista y la victoria del PP, pero quedan incógnitas: ¿habrá mayoría absoluta o no? ¿Podrá gobernar en solitario sin pactos comprometidos? ¿Será un triunfo del que pueda presumir Génova? Si no es así, se revisará la campaña. Y se pondrá el acento en los errores repetidos y no forzados, como la ausencia de Guardiola en el debate de ayer frente a un candidato procesado, el socialista Gallardo, y otro de pinganillo, el de Vox.