«El que siembra virtud, recoge honor....» es una frase que se atribuye a Leonardo da Vinci, pronunciada alrededor del año 1500.
Me ha venido a la mente esta sentencia mientras leo las noticias que llenan los periódicos desde hace un par de semanas, que si comisión por aquí, que si informe policial por allá, que si trama de corrupción... por no entrar en detalles más escabrosos que no hablan bien, precisamente, de la actitud virtuosa de los personajes de los que hablamos.
También me ha dado por pensar cuándo y cómo decide uno en su más tierna adolescencia dedicarse a la política. La gente normal decide ser carpintero, o enfermero, o profesora, o camionera fundamentalmente por vocación o por tradición familiar, y en algún caso por las dos cosas juntas. Pero no me imagino a ningún joven que acabe superar la Prueba de Acceso a la Universidad decidiendo dedicarse a la política, y más en los tiempos convulsos en los que vivimos, en los que los ejemplos diarios no son precisamente edificantes.
En realidad no hay profesión más importante de las que tenemos alrededor en nuestra vida diaria: regulan cualquier proceso legal, modifican o renuevan instituciones, deciden dónde se construye un hospital, una residencia de mayores o un colegio, e incluso establecen la sanción o multa que tenemos que pagar si cometemos alguna irregularidad.
Pero la triste realidad es que son tantos los ejemplos que tenemos de que esta finalidad es la última de las prioridades, mientras prevalece el beneficio personal como único y exclusivo objetivo, que cuesta imaginar a alguien de 15 años diciéndole a sus padres, a la hora de cenar, que de mayor quiere ser político. El mayor de nuestros aplausos y ánimos para este futuro concejal.
Para ir terminando, me vuelven a venir a la cabeza dos refranes que pueden ilustrar la realidad actual. Por un lado, y hablando de sembrar, «el que siembra vientos recoge tempestades»; y por otro, y para despedirme, «donde hay queso siempre hay ratones».