La muerte es como la vida misma

OPINIÓN

VÍTOR MEJUTO

31 ago 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Cada vez que la muerte visita una familia, cosa que hace todos los días y a todas las horas en las más diversas circunstancias, la comunidad familiar queda afectada por la paradoja más fuerte, y a la vez más normal, que determina la vida, al tener que compaginar el duelo absorbente por los que se van con la atención afectiva a los que se quedan, y al cumplimiento de las obligaciones laborales, administrativas y sociales que dan continuidad al núcleo familiar. La imagen más poderosa de esta situación es la de una madre que, convertida bruscamente en viuda, tiene que compaginar el llanto por su marido con la alimentación y los juegos que exigen los niños que la atan a la vida.

La Voz de Galicia es, como todos decimos, una gran familia, que estos días tiene que compaginar la pérdida de Santiago Rey, que fue su guía y su fuerza durante sesenta años, con el cumplimiento de sus deberes y relaciones con sus lectores y con la compleja sociedad a la que sirve. Y eso significa, para los que trabajamos aquí, que tenemos que atender al dolor que nos absorbe sin dejar de hacer un trabajo que hacia fuera se expresa en forma de noticias, opiniones, propuestas culturales y de ocio, acontecimientos sociales y todas las tareas que a cada uno nos han encomendado. Y eso, que no es fácil, nos desconcierta y estimula a la vez.

Si Santiago Rey pudiese darnos la última orden, nos diría que ni su propia muerte puede alterar la vocación y la misión objetiva del grupo de comunicación que él fundó y elevó al máximo nivel de importancia y resultados. Y se quejaría de que, en realidad, y aprovechando su ausencia, estamos desobedeciendo su última voluntad, al convertir el periódico, de fábrica de actualidad y de los contenidos que le son propios, en una noticia reflexiva sobre nuestros sentimientos y nuestra puntual orfandad.

A pesar de todo, espero que comprendan nuestra necesidad de vivir el duelo, y de hacerles ver que esta máquina de producción que es La Voz de Galicia está llena de sentimientos y pasiones que tanto nos honran como nos obligan a reflexionar sobre nuestros deberes y nuestras orientaciones más profundas. En mi caso concreto, les confieso que había escrito para hoy un artículo pegado a la normalidad evidente de nuestra sociedad y de nuestras preocupaciones y aficiones. Pero, en el justo momento de presionar la tecla de envío, se me cayó de las manos y me obligó a escribir sobre el alma colectiva de un periódico que aún no rumió todo su dolor.

Pero nuestra obligación es continuar la labor de Santiago Rey, mantener su ritmo de innovación intelectual, social y tecnológica, llegar a los mismos públicos que nos trajeron hasta aquí, y ejercer este precioso oficio —tan interesante como comprometido— en aras de las libertades de información, pensamiento y elección. El lunes ya será otro día, y otro mes. La vida sigue y se inicia un nuevo curso. Y retomaremos el reto de cumplir con nuestras obligaciones y con las demandas del público, sin el esencial y meticuloso liderazgo de Santiago Rey.