Hace unos días he visto a Feijoo, Ayuso y Almeida bailando reguetón, o mejor dicho, intentando bailar. El ritmo de El tiburón no exige grandes contorsiones, pero el expresidente gallego daba la sensación de estar escayolado del tórax al cuello. La presidenta madrileña baila igual El tiburón que un chotis y Almeida bastante tiene con no darle una patada a alguien; seguro que no pasaron un buen rato.
Sin embargo, no los vi tan fuera de sitio cuando una telepredicadora, invitada al acto, no paraba de gritar sandeces. La mujer, que afirma que el cáncer lo cura Dios y que promociona terapias para revertir a los homosexuales, no dudó en dar su bendición al trío citado, además, supongo, de un bono para unas clases de baile latino.
Nadie en su sano juicio entiende cómo el Partido Popular, o la señora Ayuso, pretendieron contraprogramar la Cumbre Iberoamericana, a la que asistían el rey de España y el presidente del Gobierno, con una pastora evangélica de Usera, aunque tenga mucho flow. Tengo la impresión de que a «nuestro señor Feijoo» se la han colado.
Pero, más allá de la anécdota, la cuestión clave es el mimetismo con la política de Trump en Estados Unidos tratando de atraer el voto de los evangélicos. Allí, estos representan en torno a un 15 por ciento de la población, pero su influencia en el Partido Republicano es muy fuerte y sus posiciones, en contra del aborto, del matrimonio entre personas del mismo sexo, etcétera, son dominantes.
La cuestión es si sabía el señor Feijoo a quién invitaban. Por si no tenía ni la menor idea de lo que iba la cosa, yo le recomiendo la lectura del libro Jesús y John Wayne. Cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación, de Kristin Kobes Du Mez (editorial Capitán Swing), para entender el pensamiento de su ilustre invitada y evitar futuras recaídas.
En el blog Todo Literatura, en la reseña del libro, señalan: «Du Mez revela cómo Trump representó el cumplimiento de los valores evangélicos blancos más profundamente arraigados, como el patriarcado, el gobierno autoritario, la política exterior agresiva, el miedo al islam, la indiferencia hacia el #MeToo y la oposición al movimiento Black Lives Matter o a la comunidad LGTBIQ+».
Como soy un tipo bondadoso, creo que nuestro señor Feijoo no tenía ni idea de dónde se metía, aunque creo que la señora Ayuso sí lo sabía. Sobre lo del baile, reconozco que yo también lo hubiera pasado mal; en fin, es lo que tienen las campañas electorales: no tienes tiempo para saber quién te dará la próxima puñalada y tienes que aprender a bailar con flow. ¡Vaya peligro!