El perro

Xosé Ameixeiras Lavandeira
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

Marcos Míguez

02 jul 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Ángel era un viejo labriego, callado y sufrido, que tenía una gran virtud. Poseía un indescifrable poder de atracción hacia los perros. Cuando iba de madrugada al molino con su saco al hombro, se le veía acompañado de una recua de chuchos que lo seguían en fila. Iban alegres moviendo la cola como si fuesen a una fiesta. Todos los de la aldea lo acompañaban como a un señor feudal lo seguía su guardia. Él solo emitía de vez en cuando algunos silbidos suaves y unos sonidos incomprensibles con los que, posiblemente, entretenía y se comunicaba con aquella comitiva en un lenguaje encriptado que solo ellos entendían. Los días que el campesino iba a misa, su can de palleiro lo acompañaba hasta la iglesia y esperaba a que acabase el oficio religioso para regresar con él a casa. Daba la sensación de que aquel animal comprendía perfectamente que no tenía permitido el paso al interior del templo, pero que atendía el rito católico como el más ferviente creyente de los humanos. Sentado sobre las patas de atrás, mostraba una naturalidad, una dignidad y un respeto dignos de admiración. Me acordé ayer del viejo Ángel y de su mascota al enterarme de la furibunda reacción despertada en Oleiros contra el mural del artista de las superabuelas, Yoseba M. P., por pintar un perro en una procesión. Ya ha tenido que tragarse censuras en Malpica y Ribadeo y no parece dispuesto ahora a pasar por el aro de una represión cerril y miope. Siempre hay papistas y Danieles Volterra dispuestos a ir cubriendo los desnudos de los Miguel Ángeles. Y tiene suerte Yoseba porque, parafraseando a Sigmund Freud, siglos atrás no solo intentarían borrar su obra, que puede gustar más o menos, pero es su creación. Intentarían borrarlo a él mismo.