El beso roto de Sara Carbonero e Iker Casillas


Lo decía Miguel Hernández, «el corazón es puerta que se abre y se cierra». Enamorarse, caer en amor, se dice en inglés. El amor es fuego, es llama, es incendio o no es. Iker besó a Sara de forma espontánea delante del mundo en aquel mundial de Sudáfrica. «Madre mía», dijo ella. Fue hace once años. El tiempo hiere. Once años, sí.

El beso es explosión, es el egoísmo en los labios (te amo es me amo). El beso es Klimt, es Rodin, es Doisneau. Es la forma más elegante de estar en silencio. Es una de las maravillas de las personas. Más ahora que se cotizan tanto al tener que esconder las bocas detrás de las mascarillas. Pero el amor es cumbre cuando empieza. Nace en la cumbre. Luego llegan los lunes y los martes, y el túnel de los domingos por la tarde. Dormir poco y mal, y llevar a los chavales al colegio. El apiretal.

Iker y Sara no lo tuvieron fácil. Disfrutaron de los hijos. Son madre y padre, que son los cargos más grandes que se pueden alcanzar. Lo demás es tontería. Pero se les cayó la salud, lo único que importa. La postal del beso de Sudáfrica rota. Ahora sufren el terremoto de su ruptura. Y a personajes públicos como ellos les alcanza el hedor de la desinformación, la insania de la mentira. Que si los audios de Iker a otras chicas. Que si Iker fue un egoísta cuando Sara estaba enferma. Que si el infarto de Iker. Que si Sara no se relacionaba con la familia y los vecinos de Iker en el pueblo del chaval. Que si la nueva novia de Iker, que dice que no es su novia y que en una foto rápida que apareció es como una versión exagerada de Sara. Hay personas que buscan siempre sosias de un ideal que tienen grabado en su sangre.

El amor evoluciona y, con el tiempo, se vive de otra manera. Es como un río. Nace catarata y avanza caudaloso, pero hay vueltas y revueltas, hay remansos. Octavio Paz escribió un ensayo hermoso y benevolente en el que hablaba de La llama doble. El fuego rojo de una llama es el amor ardiente del enamoramiento, cuando las hormonas se atropellan. Las hormonas son al principio como la pista de los coches de choque en la hora punta de la verbena. El fuego azul, la parte baja de la llama, es el amor cuando se hace cariño. No quema tanto como su pico de lanza, pero sostiene la hoguera encendida. Es el bello razonamiento de un poeta.

A veces sucede que, en esa fase del amor cariño, cuando los años pasan, uno se quiere de otra manera, descubre afluentes en esa persona que desconocía. Y los dos siguen creciendo juntos, mirándose y admirándose. Otra veces no es así. Y es valiente ponerle final. No es que se seque el río. Hay que dejar que el río desemboque en el océano de la vida de nuevo y que pase lo que tenga que pasar. No hay culpables absolutos en la mayoría de las rupturas. Hay versiones. Tenemos aquel beso de Sudáfrica en nuestro imaginario colectivo.

Ojalá los respeten por sus hijos, dos críos que ya tienen bastante. A Sara Carbonero y a Iker Casillas, la presentadora con fulgurante sonrisa de amanecer que no se olvida y el portero de balonmano con los reflejos eléctricos de un cable pelado,les toca el desamor, el adiós, conocer el significado de aquella frase de Scott Fitzgerald: «Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
32 votos
Comentarios

El beso roto de Sara Carbonero e Iker Casillas