La apisonadora del presidente


Por iniciativa del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, la apisonadora de diseño contratada por Pedro Sánchez destruyó 1377 pistolas, revólveres, subfusiles y otras armas con las que ETA y Grapo mataron a cerca de mil personas en España. ¡Cuánto hubiéramos pagado por ver esa escena hace treinta, cuarenta, incluso cincuenta años! ¡Cuánto hubiéramos pagado por que no hubieran existido nunca y, si existiesen, nadie las hubiera utilizado! ¡Cuánto sufrimiento se habría evitado a tantas familias de todos los ámbitos sociales! Pero, sobre todo, guardias civiles, policías y otros servidores públicos. Apretando esos gatillos se segaron vidas, a veces con cobardes tiros en la nuca. Accionando mandos que ignoro si estaban en ese suelo se despedazaron cuerpos humanos. Y se llevó a Ortega Lara a su largo secuestro. Y con su amenaza se practicaron viles chantajes. Y se cobraron impuestos revolucionarios. Y se difundió el terror por todo este castigado país que se preguntaba hasta cuándo, y tardó demasiados años en encontrar una respuesta.

Cada una de ellas podría llevar no una muesca en la culata, sino el nombre de un inocente acribillado. O el de un huérfano. O el de una viuda

Esas armas no mataban. Esas armas las utilizaban personas para matar y extorsionar. Para matar y extorsionar se buscaron en el mercado negro y recortaron las escopetas y cada una de ellas podría llevar no una muesca en la culata, sino el nombre de un inocente acribillado. O el de un huérfano. O el de una viuda. Y después de verlas el jueves destrozadas, que nadie crea que siento solo alegría. Siento la extraña tristura de ver que las asociaciones de víctimas, los partidos de oposición y los anteriores presidentes dejaron solo al Gobierno y a su presidente, creyendo, quizá, que era una acción de propaganda política.

Durante lustros nos unieron el dolor y el desgarro de los funerales y ahora nos separa el adiós del Estado de Derecho a las armas, vaya por Dios. Prefiero no pensarlo. Prefiero pensar que no es cierto que un Pedro Sánchez adanista quiso convertirse en el enterrador de ETA y el Grapo con esa apisonadora. Prefiero pensar que las armas eran tantas que no cabían en un museo de la memoria y hubo que machacarlas así, para memoria de futuras generaciones. Prefiero pensar que las leyes, más que la apisonadora, las dejaron ya inutilizables aquel día en que unos encapuchados se rindieron y dijeron que ETA abandonaba la lucha armada.

Ahora, ante las evidentes, quizá justificadas, suspicacias provocadas por el espectáculo, me quedo con ese acto como símbolo de paz y celebro que del terror no queden ni las pistolas.

Pero, como símbolo de nobleza política, me quedaré siempre con aquel tiempo en que ningún partido ni ningún gobernante se quiso atribuir la victoria sobre el terrorismo, y su explicación tenía la generosidad y la grandeza de decir que lo derrotó el Estado de Derecho; que había sido una victoria de las Fuerzas del Orden, de la Justicia y de la aplicación de la ley.

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