El berrinche


Tengo que reconocer que a mí siempre me asombró la democracia. Que los ciudadanos vayan a las urnas, introduzcan un papelito con el nombre de su vecino de arriba o de uno que sale por la tele, que estos papeles se cuenten y que el que tenga más se presente a los pocos días en los edificios del Estado para desalojar a sus anteriores ocupantes, ponga la foto de sus niños sobre la mesa, sus pies junto a la foto... ¡Y a gobernar! Por eso comprendo perfectamente a Trump. Él no era un miembro del Partido Republicano, que llegaba al poder por la vía de la política. Se trataba de un hombre de negocios que conseguía todo lo que quería: mujeres, campos de golf, edificios... Y un día quiso la Casa Blanca, y, como ocurrió con Rodolfo Chikilicuatre y Eurovisión, el pueblo lo apoyó con sus papelitos. Y una vez allí, mantuvo su estilo burlón, insultante, caprichoso y se comunicaba con el mundo por Internet, como los adolescentes. Ahora le dicen que se tiene que ir, y, claro, no quiere. Y, en realidad, lo que procede, y él entendería de manera meridiana, es que Nancy Pelosi lo sacara de su despacho por una oreja y lo dejara sin merendar.

 Lo malo es que Trump deja en el cuarto todos los juguetes rotos, sobre todo el juguete más preciado, el de los papelitos, el juego de la democracia. Y cuando uno piensa en Teddy, en Ike, en Lindon, en los hermanos Kennedy, en Clinton, en fin, en Obama, que eran respetados no por ellos sino por su cargo, entiende los riesgos de que gobierne el porquero de Agamenón.

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