La vacuna, más sana que un cubata de los 90

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Eduardo Parra | Europa Press

27 dic 2020 . Actualizado a las 12:55 h.

Los humanos somos raros. Nos dejamos lo mejor de la vida trabajando a destajo por una nómina menguante, hámsters que damos vueltas en un patíbulo. Lo corta y sabrosa que es la vida y cómo la tiramos por una nómina lo resumió muy bien Elena Garro en su novela Los recuerdos del porvenir: «Los días del hombre le parecían de una brevedad insoportable para dedicarlos al esfuerzo del dinero». Pero tenemos que comer y pagar facturas, muchas de ellas bastante absurdas si les ponemos distancia.

Los humanos somos raros. Antes de ponernos a trabajar, estudiamos la carrera. Lo de estudiar es una metáfora. Tomábamos más copas que apuntes. El dinero volaba. La nevera se iba vaciando y terminábamos el mes comiendo los restos de unos extraños espaguetis que ya tenían un sospechoso color verde cuatro días después. Sin miedo, iban para dentro. Luego todos los compañeros de piso hacíamos cola ante la puerta del baño.

Los humanos somos raros. Cuando jóvenes, nos metíamos unos cubatas sin precedentes. Unos cubatas de los 90 que te pegaban una sacudida también sin precedentes. Otra veces, nos dedicábamos a abrevar en unas palanganas a las que se les echaba de todo. El antecedente histórico de lo que hacen hoy nuestros hijos (hacían, cuando todavía no estaban suspendidos los botellones legales): mezclar cinco botellas de distintos alcoholes, un par de bebidas energéticas para suavizar y echarles unos refrescos de cola de esos que en los vídeos de Internet se ven cómo le quitan el óxido a las tuberías, y todo para dentro hasta que tardan en distinguir que llevan un rato abrazados a un árbol, en vez de a la novia. Tiene que ser más sano tentar un trago de masaje para afeitar que meterse esos botellones.

Los humanos somos raros. Cuando niños, nos jalábamos unos palos de regaliz que me río yo del palito de la PCR. Las nubes las comíamos de doscientas en doscientas. Y con las gominolas no había un mañana. Por las gominolas de coca-cola se podía llegar a las manos. De postre, dos o tres bolsas de pipas saladas para subir la tensión y maridar lo dulce con lo salado en plan precursores de las estrellas Michelin. Así, con esas meriendas apuntábamos hacia una apendicitis. Me duele la tripita.

Los humanos somos raros. Tardamos demasiado en inventar los controles de alcoholemia y lo pagamos con muchas vidas. Antes, cuando salíamos no se sorteaba quién era el que no bebía esa noche porque iba a llevar el coche de vuelta. Antes, al terminar la gira nocturna, se sorteaba quién iba a ser el piloto y se intentaba que se pusiese al volante el menos cocido de todos, el único que no intentaba encender el vehículo con el meñique. Podía seguir.

Los humanos somos raros. Llevamos nueve meses de pesadillas. Las hemos pasado canutas. Creíamos que controlábamos y la naturaleza con un virus nos puso en nuestro sitio real: la fragilidad y la capacidad de adaptarse. Está aquí la cepa inglesa, pero son muchos los que te dicen a la cara: yo no me pongo la vacuna. Primero que se la pongan otros, a ver qué les pasa. ¿Estamos de broma? Es más sana la vacuna que algunas churrascadas que empiezan por la mañana y terminan por la noche con unos cuantos litros de gin-tonics para bajar bien el criollo.