Militar, a tu milicia


Lo primero que podemos decir, contra los últimos pronunciamientos militares, es que nuestra democracia es espléndida en libertades, igualdades, derechos, participación y legitimidad institucional. Y eso significa que solo los que confunden la democracia -que es una arquitectura legal que garantiza las libertades personales y políticas- con el Gobierno -que es la gestión de los recursos públicos en orden al interés general-, pueden decir que la democracia española está en peligro. 

Lo que le duele a España es el desgobierno. O un pésimo Gobierno para el que, a corto plazo, no tenemos alternativa. Y, si malo es confundir la democracia con su Gobierno, más dañino es ese error cuando no hay duda de que fueron los sucesivos mandatos del pueblo -elecciones de 2015, 2016, 2019 (abril) y 2019 (noviembre)-, y una censura de pon y quita -la que resultó de la devolución de los Presupuestos de 2019 con la que la mayoría Frankenstein aclaró quién manda aquí- los que marcaron el camino hacia esta política que ahora nos asombra.

Se puede decir, por tanto, que «vamos mal», o que la experiencia enseña que una democracia que insiste en su mal gobierno acaba suicidándose. Eso no cambia los dos principios que sostienen este artículo: que la democracia garantiza la legitimidad del Gobierno, pero no su capacidad de gestión y orientación; y que cuando el pueblo se empeña en hacer una política populista e indignada, no hay salvadores legitimados que se lo puedan impedir. Por eso yo me quejo, pero me resigno,

Conviene recordar, además, que la etapa actual no va de equivocaciones, ni de engaños, ni de elecciones controladas; y que este desbarajuste lo hemos conseguido a la vista de todos, repasando las jugadas a cámara lenta, e insistiendo una y otra vez en que la elección del caos -preludio de un presunto cosmos solo teórico- es una opción tan libre y tan despierta como lo fue, sin ir más lejos, mi admirada Transición. Y solo aquel que no quiere ver puede seguir negando -haciendo trampas en el solitario- que, aunque la mayoría social que sigue apoyando esta deriva está formulada en términos negativos -«soportamos esto para frenar a las derechas y derechonas»-, hay muchos ciudadanos que siguen apostando por este experimento Frankenstein, del que esperan que, mediante un necesario desbarajuste, alumbre un nuevo e idílico orden.

Las atrabiliarias estupideces firmadas por militares jubilados, o por sus correlatos activos -más cultos y moderados, pero igual de inoportunos-, deberían ser competencia de psiquiatras y psiquiátricos, antes que de jueces y cárceles. Porque es obvio que, o no saben de qué hablan, o que nadie les ha explicado las correctas interpretaciones del artículo 8 de la Constitución y de los que con él se relacionan. Por eso creo que, aunque es cierto que España está mal gobernada, es obvio que su mal no es la autoritaritis crónica, sino la democratitis aguda. Esa que, cuando se declara, solo se cura con reposo, y buena alimentación y no con jarabe castrense.

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