La traición a los saharauis


La diplomacia no es un juego apto ni para impacientes ni para idealistas. El pragmatismo o realpolitik siempre acaba prevaleciendo sobre el honor a la palabra dada, la justicia, la moral o el derecho histórico. Esto es especialmente evidente en los conflictos que afectan a grupos étnicos con estados consolidados. Las reivindicaciones de autonomía, independencia o simple reconocimiento del hecho diferencial suelen sucumbir ante el océano de la burocracia internacional, el maremágnum de intereses políticos, económicos y sociales y la duración de las medidas de opresión para doblegar el ánimo y las aspiraciones de quien no desea someterse a un estado que no es el suyo.

España no es ajena a ello. El abandono al que ha sometido la causa del Sáhara Occidental solo es comparable a la desidia de la Minurso, la Misión de las Naciones Unidas para el Referendo del Sáhara Occidental establecida el 29 de abril de 1991. ¿Cómo es posible que 40 años después no se haya podido celebrar el referendo para que el pueblo saharaui pueda expresar de manera indubitada su voluntad de ser independiente?

¿Tan difícil es elaborar un censo fiable y con todas las garantías legales para una población de menos de 600.000 habitantes? ¿Acaso no ha sido más costosa y más laboriosa la construcción del muro de más de 2.700 kilómetros con el cual Marruecos ha acorralado a los saharauis de manera impune y ante la pasividad internacional? Un muro que con la última actuación de Rabat sobre el paso del Guerguerat ha acabado por encerrar a los saharauis, mientras consolida su acceso por carretera a Mauritania y al resto del continente africano.

Y España sigue mirando hacia otro lado sometida, una vez más, al vil e inadmisible chantaje marroquí. Durante años la supuesta contención al fenómeno terrorista islamista y al envío de drogas, así como la preservación de los intereses empresariales, cubrieron con un espeso manto de silencio la flagrante violación de los derechos saharauis. Hoy, a cambio de frenar el envío masivo de inmigrantes a Canarias, Madrid ni se ha molestado en criticar las actuaciones de Marruecos sobre el Guerguerat. ¿Cuál es el límite de nuestra incompetencia diplomática?

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