Está bastante claro que nuestros gobernantes no saben qué hacer ante una crisis económica como la actual, que se puede llevar por delante muchas de las conquistas sociales logradas en los últimos sesenta años. Y, como no saben qué hacer, no hacen casi nada, porque su confusión y su desconcierto están a la vista. Miran a China y creen que puede ser un modelo. Luego desconfían y dejan de mirar en esa dirección. Porque es verdad que el virus procede de la ciudad de Wuhan, según reconocieron las propias autoridades de Pekín. Esas mismas autoridades que luego adoptaron las medidas más exigentes y adecuadas para ponerle coto a una expansión pandémica. Sin duda, le llamaron a las cosas por su nombre y no se anduvieron con remilgos. Ellos controlaron su territorio mientras los demás países del mundo nos íbamos convirtiendo en un gran coladero.
¿Qué podíamos haber hecho mejor, antes que dedicarnos a la divagación y al lamento? ¿Tal vez copiar o imitar a China, como ahora sostienen algunos? ¿O acusar de no se sabe qué a las autoridades de Pekín, que admitieron lo de Wuhan y se dedicaron a plantarle cara con medidas que entonces nos parecían excesivas y que luego tuvimos que aplicar entre nosotros con muchas mayores dificultades?
Porque lo que al principio parecía estar muy lejos, pronto desembocó -vía contagio- entre nosotros… y ya era tarde para prevenirnos y anticiparse al desastre. ¡El desastre, sí, es eso en lo que ahora estamos!
Y en este punto surgen los que aún hablan de «imitar a China», ¡como si fuese tan fácil! La realidad es que no podemos imitarla porque no compartimos la ambición central de expansión y de superación que ellos alimentan e impulsan con mano firme y dictatorial. Es decir, no compartimos su modelo de crecimiento y desarrollo ni sus anhelos de expansión y de control internacional. Es por este lado por el que deberíamos empezar a corregir el ángulo de tiro de nuestros propósitos democráticos de modernización y crecimiento.
Hasta Donald Trump se dio cuenta de esto. Su soberbia congénita no le impidió percibir esta realidad.
A ver si el reciente vencedor Joe Biden se da cuenta del desafío que tiene por delante, para no asistir a lo que podría ser una mayor decadencia occidental. Porque el objetivo debe ser siempre liderar, no imitar.