De cómo el BNG chocó con las taifas

R.Rubio.POOL

En busca de la nación y el Estado galaico, cuya condición esencial es la negación o mutilación de España, tropezó el BNG con los reinos de taifas, al comprobar que su arma letal, tan deseada, tenía menos megatones que Teruel Existe. El sueño del BNG era encontrarse en la circunstancia en la que de hecho está: triunfante en Galicia sobre el PSOE, con Iglesias desterrado y humillado, con escaño en el Congreso, con un Gobierno asentado sobre azarosas minorías, en medio de una crisis general, y con un proyecto presupuestario que las instituciones de control, nacionales e internacionales tildan de fabulación optimista. «Si tal circunstancia se da -pensaban- nuestro voto cotizará más que el oro, exigiremos la enmienda de toda la serie histórica de presupuestos democráticos, y demostraremos que el nacionalismo es lo más útil y rentable que tenemos los gallegos.

Lo malo fue que, de la pugna por debilitar la idea de España, y su Gobierno, no surgieron las esperadas tres naciones de la lechera, ni se mantuvo el orden lógico que le daba apariencia jurídica y política al mito confederal, sino que, recordando el colapso del Califato de Córdoba (siglo XI), surgieron docenas de reinos de taifas que le dieron la vuelta a la tortilla. Algunas de estas taifas exhiben territorio e identidad de seu, como Galicia. Euskadi y Cataluña. Otras están montadas sobre las viejas provincias, como Cantabria, La Rioja, Navarra, Asturias, Murcia, Baleares y el Madrid de la señora Ayuso. Otras rememoran el regionalismo «bien entendido» del primer franquismo, como Aragón, Valencia, Andalucía, Canarias, las dos Castillas -redibujadas-, y Extremadura, Y las más son taifas sin tierra, como Podemos, Bildu, ERC y el propio BNG, que viven sobre tierra, obviamente, pero no ostentan su representación. Por eso, igual que sucedió en la Edad Media, las taifas hundieron al Califato y a todo lo que aquel proto-Estado representaba en Europa y el mundo. Y quien acabó ganando la partida, por hacer un castizo resumen, fue el Cid Campeador.

Dice el relato -que es lo que importa- que sobre la mesa de Sánchez cayeron todas las taifas -como un enjambre de velutinas- para ofrecerle su voto, a cambio de un tren, una república, un fuero, una mayoría Frankenstein provinciana, un país sin idioma común, una revisión ventajosa de su financiamiento, o el inmenso honor de hacerse una foto en la Moncloa junto al líder del caos. Y el exceso de oferta rebajó tanto el valor del chantaje patriótico, que el muñidor del mercado se quedó con la taifa más bonita -Euskadi-, las más revoltosas -ERC y Bildu-, y las más baratas -Cantabria y Teruel Existe. Y mandó a las demás a tomar viento a la Marola.

La falsa moneda echa del mercado a la buena, y las taifas reducen las nation building a frustrados pedigüeños. Porque -Hegel dixit- el hecho nacional no se expresa dentro de la taifa, sino en la capacidad de intervenir en el proceso histórico. Y ese honor, en la nueva España, está reservado para Teruel Existe, Bildu y Rufián.

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